INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Andares en una ciudad (metropolitana) de híbridos. O de la bicicleta y las redes colectivas urbanas.

En una ciudad como la nuestra, la bicicleta es la libertad de moverse por otros caminos.
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Héctor Gómez Vargas
Ir en bicicleta entre todo esto es como navegar por las vías neuronales colectivas de una especie de enorme mente global. David Byrne, Diarios de bicicleta, p. 15

La ciudad ha sido varias a lo largo de su historia. Hoy mismo, la ciudad es un continuo desplegar de ciudades que se alejan de aquella ciudad histórica que se forjó a finales del siglo XIX e inicios del XX.

Esa ciudad histórica no fue una ciudad para caminar. Fue una ciudad para llegar a la plaza principal y ahí estacionarse o circular bajo líneas trazadas que se realizaba en círculos. La presencia de tranvías o de los taxis de carruajes jalados por caballos, y después por automóviles nos dan la idea que la plaza principal era un punto centrípeto y centrífugo donde se empleaba la presencia de vehículos con el alba del siglo XX.

La presencia de las primeras bicicletas que llegaron a la ciudad a finales del siglo XIX tenían ciertas concepciones de uso que difieren a lo que hoy en día es lo común. Dos símiles pueden servirnos para ejemplificarlo. El primero es el de la máquina de escribir que por la misma época se comenzó a usar y las casas comerciales necesitaban a mujeres u hombres que trabajaran para ellos, o les dieran lecciones para aprender a escribir con la máquina de escribir. La sustitución de la caligrafía por la máquina de escribir era el anuncio de cambios en lo simbólico colectivo por la presencia de un invento tecnológico. El segundo símil es el de la fotografía, pues en esos tiempos se consideraba si era una moda, un simple pasatiempo o un deporte, sport como le decían. La bicicleta tuvo una concepción similar, por ello se daban clases para andar en bicicleta en lo que hoy es el parque Hidalgo, o se hacían retos contra el reloj, como el viaje de la ciudad de Guanajuato a León, o carreras de bicicletas en el circuito de la Calzada.

Uno de los rasgos de los primeros trabajos que abordaron el pasado y el presente de la ciudad en el siglo XIX era a través de describir un recorrido por la ciudad, ya sea desde la entrada hasta la plaza principal, o de la plaza principal a varias rutas de la ciudad de entonces. Otra mención, casi de guía turística, era la de mencionar lo más destacado de la cultura material de la ciudad, sus edificios considerados como más valorados, y ese listado, casi siempre el mismo, implicaba un recorrido imaginario por la ciudad, ese recorrido de quienes andaban a diario por las calles hasta llegar a la plaza principal, y de ahí moverse por la ciudad. La población compartía una serie de imaginarios al andar por la ciudad en el día a día, y eso era parte del sentido de pertenencia en esa ciudad histórica.

La presencia de la bicicleta, como la de la cámara fotográfica, el automóvil, el ferrocarril, el teléfono, la luz eléctrica, y otras cosas más implicaron algo en la percepción de la ciudad, de moverse por la ciudad, de ser parte de la ciudad. Llegaba el fenómeno de la aceleración, propio de la modernidad de ese entonces.

Desde los tiempos recientes, los de una ciudad que busca alcanzar un nuevo impulso modernizador y modernizante, esta caracterizada, y más desde que fue nombrada una ciudad metropolitana, a través del trazado de avenidas para vehículos de alta velocidad, y, si, también ha estado presente esa sombra de la bicicleta para la cual se han creado ciclovías por muchos rumbos de la ciudad. Pero la persistencia de la bicicleta habla de algo en el interior de esa tendencia modernizadora: la persistencia de una ciudad de híbridos donde se muestran otras maneras, otros usos, otras presencias que llevan de continuo a repensar la modernidad actual en la ciudad. 

La ciudad hecha para vehículos de alta velocidad, incluyendo la casi invasión de las motocicletas, no ha eliminado ese medio de transporte de un pasado como es la bicicleta. ¿Qué significa tener una bicicleta hoy en día? De entrada, una distinción con quienes no tienen ningún vehículo. También, la posibilidad de tener trabajo: ya sea para ir al espacio de trabajo o para emplearla para realizar su trabajo. La bicicleta les permite a sus dueños movimientos más a ras del suelo, del lugar, y con sus rutinas diarias, se mueven por otro tipo de imaginarios presentes en la ciudad: calles, plazas, parques, iglesias, zonas de comercio, colonias, fraccionamientos, etc. Como dice David Byrne de su experiencia, puede moverse con mayor libertad y ligereza por una ciudad cualquiera, no ajeno a riesgos y peligros.

La bicicleta también posee otros rasgos para quienes la poseen, como salir de paseo con la pareja, ir con los amigos a convivir, pasear con la familia, otras formas de hacer vida moderna en la ciudad, como el hecho de salir de la ciudad y buscar destinos más allá de sus fronteras. Entre sus inicios y el presente, la bicicleta ha tenido cambios en sus acepciones y usos. Desde ser un elemento incómodo en las avenidas, hasta ser parte del paisaje, esa movilidad que se requiere para trazados cortos, intrincados, complicados para un automóvil. Si, también sirve para hacer ejercicio, paseos, para practicar el ciclismo, sobre todo para aquellos que buscan experiencias más salvajes que hacer bicicleta rápida y ejecutiva en casa o en un gimnasio.

Quizá un símil de lo que significa tener bicicleta hoy en día sea el de un celular que posibilita movimiento, fluir, seguir rutas imaginarias y simbólicas, tener más libertad que una computadora, incluso de una portátil. La bicicleta, como dice Byrne, puede ser moverse por las redes de una ciudad.

En las películas y series distópicas es muy raro ver bicicletas: es un mundo de transportes de alta velocidad y capacidad. Solo recuerdo la serie Stranger Things, donde los jóvenes protagonistas emplean la bicicleta para andar en manada y recorrer los diferentes territorios de su ciudad. Ahí podría haber toda una reflexión de la importancia de tener bicicletas en casa en nuestros tiempos.

Héctor Gómez Vargas Héctor Gómez Vargas

Licenciado en Comunicación por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, maestro en Comunicación por el ITESO y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Colima. Investigador en la Universidad Iberoamericana de León y Coordinador del Cuerpo Académico de Culturas Post Mediales. Autor de al menos 7 libros y más de 40 artículos arbitrados.