Su misión se mantiene, pero evoluciona: física, conceptual y museográficamente. Con trabajos de diversa índole se replantean las formas en que sus visitantes se puedan reconocer en los discursos propuestos en esta nueva etapa, pues con el paso del tiempo, conceptos y soportes han sufrido, por supuesto, un cambio natural. Así se dio paso a Identidades: memoria y patrimonio.
“Son dos puntos de vista que se consideran el día de hoy: la importancia que tiene la dignidad de nuestros espacios y la actualización de los conceptos y los contenidos para responder a las preguntas y necesidades de quienes queremos que vayan a los espacios, que, por supuesto, siempre va a estar dirigido a toda la población, pero creo que son discursos que tienen que apuntar mucho a las infancias y las juventudes”, considera la directora general del Instituto Cultural de León, Lisette Ahedo.
Y es que hoy, hablar de identidad implica considerar dimensiones como el género, lo individual, lo colectivo, lo familiar, lo histórico y lo patrimonial, entre otros aspectos que ya no estaban del todo reflejados.
“Pensamos que sea una sala en la que tú puedas ser parte de la exposición, en la que puedas interactuar con el espacio; antes llegabas y leías, si no había un mediador seguías leyendo y viendo lo que ahí había. Las desactualizaciones responden al tiempo, no es decir que algo estaba mal, y la sala necesitaba un refresh, no solamente de los conceptos o los contenidos, sino también para que fuera un espacio más interactivo para todo el usuario, donde haya cosas que pueda tocar, escuchar, ver y, en algún otro momento, hasta oler”, comparte Brenda Galván, actual coordinadora del Museo de las Identidades Leonesas.
Imagina visitar el MIL, entrar a una de sus salas, sentarte, hojear un álbum fotográfico —sí, de esos que prácticamente se han quedado en el olvido— y, además, colocarte unos audífonos para escuchar historias de lo que sucede en esas fotos… Muchos nos identificaremos, reconoceremos el formato, nos sentiremos cercanos, nos conmoveremos; y muchos otros aprenderán y experimentarán sobre el pasado, desde el álbum en sí mismo y de lo que también es su historia, la memoria de su territorio. Pues esto es parte de este nuevo planteamiento: un lugar donde se construyen experiencias.
“Si la información me va a llegar del mismo modo que me va a llegar en mi casa a través del internet, tenemos que darle la vuelta. Sí pensar como parte del Instituto (ICL), pero también pensar cómo me gustaría a mí vivir la experiencia de venir a un museo y de qué me voy a llevar. No solo me voy a llevar lo que leí, me voy a llevar lo que sentí. Es muy importante maximizar la información para que los sentidos puedan apropiarse de algo; que las identidades nos funcionen para reconocernos dentro de otros espacios, dentro de otros discursos, pero también saber cuál es nuestro espacio dentro de esos discursos que me están hablando”, destaca Ulises Torres, encargado de la dirección de Fomento Cultural y Patrimonio del Instituto Cultural de León (ICL), a la cual se encuentra adscrita el MIL.
Antes de pensar en narrativas o dispositivos, fue necesario escuchar al propio edificio. La sala fue sometida a una restauración de muros que duró alrededor de ocho meses, lo que se convirtió en parte sustancial del proceso y de la exposición como tal, pues dicha labor permitió el descubrimiento de diferentes materiales constructivos que se han decidido integrar en la exhibición como testigos físicos de los más de 200 años de historia y memoria del recinto.
La actualización de este espacio comprenderá dos etapas. La primera es la que será inaugurada en el mes de marzo, con tres módulos habilitados dedicados a la identidad, la evolución del territorio y la memoria viva. En la sala dedicada a la identidad, por ejemplo, se incorporará un muro cubierto con pintura tipo pizarrón y gises, acompañado de siluetas humanas para invitar a que cada persona escriba, dibuje o cuestione quién es.
Es así que la interacción y lo didáctico forman parte fundamental de la renovación: uso de espejos a manera de reflexión y reconocimiento, así como una línea del tiempo con elementos desmontables, entre otros, se suman a este ejercicio cognitivo en atención a la diversidad de visitantes.
“Una cosa importante es entender que no todas las personas, las y los usuarios, aprendemos de la misma manera. Probablemente hoy en día se entiende, museográficamente hablando, que lo tecnológico es la vanguardia y la tendencia, pero no quiere decir que por ello sea didáctico; esta sala se está pensando para distintos tipos de usuarios. Para que el concepto ya no sea solo concepto, sino sea algo que puedes ver, que puedes tocar, algo con lo que puedes interactuar y se logre una comprensión integral del término identidades. Y que es muy fácil decir que la identidad es dinámica, cambiante, pero ¿eso qué significa?, ¿qué representa?, ¿qué implicaciones tiene?”, destaca Brenda Galván.
“Es una manera experiencial de entender las identidades y de entender porqué importan las otras personas. Si yo deseo ser respetado, porqué tengo que respetar. Entonces, las metáforas dentro de lo que va a ser la exposición, los materiales, los videos, lo que va a integrar ahora esas salas y lo que se construye en el cerebro de las personas, a partir de verlas, es lo importante en realidad de construir nuevos espacios, porque se vuelven no solo nuevos espacios físicos, sino nuevos espacios simbólicos”, subraya Lisette Ahedo.
Una labor nada fácil, pero dirigida, respaldada y enriquecida por un equipo comprometido; lo que la o el usuario podrá ver está “alimentado de un montón de voces, de personas, de archivos, de acervos, de colecciones…”, comparte Brenda. El propio equipo del MIL y del ICL, jóvenes de servicio social, investigadores, instituciones, coleccionistas; hay fotografías del Archivo Histórico Municipal, de la Fototeca de Pachuca, del fondo de la BUAP, hay algunas que vienen del Archivo General de la Nación, de la colección de Ramón Malacara, colaboraciones con instituciones especializadas en cartografía, entre varios más.
“Lo que se está haciendo es ir hacia afuera, identificar lo que está pasando, escuchar a la gente, permitir que se acerque, que cuestione, que critique, inclusive. Y todo esto se trae y se le da un sustento. No es como una ocurrencia, investigamos, documentamos, verificamos, le damos el tratamiento de una investigación formal, entonces generamos una salida, y esa salida debe tener esta cuestión sensitiva de cómo voy a atrapar a las personas para que al final del día absorban lo que ya documentamos, pero no con un documento, sino con una experiencia viva. Se construye de afuera hacia adentro, y luego de adentro hacia afuera, se regresa ya procesado, digerido. Esa parte creo que es fundamental”, explica Ulises Torres.
Es por ello que el Museo de las Identidades Leonesas asume una necesidad muy clara hoy mismo: ser un espacio de constante evaluación y transformación. Trabajar por ser dinámico y plantear ejercicios alineados a convertirse en un modelo más democrático, plural y conectado fielmente a su comunidad.
Materializar los derechos culturales, más allá del discurso, es parte de la columna vertebral de este plan que se ejecuta al interior del museo, del que ya podemos ver frutos. Para generar el uso y disfrute de actividades y bienes, fue importante identificar y asegurar la dignificación del espacio como tal, su estado físico; garantizando aspectos tan básicos como seguridad y accesibilidad. Sí, se trata de adaptarse, pero bajo una visión más amplia, planeada, para el ejercicio de nuestros derechos.
“Hoy por hoy, hay un plan que incluye, por ejemplo, cosas como el proyecto ejecutivo de la consolidación de la fachada, del espacio. Creo que en el mundo real es muy difícil mantener esa secuencia de hechos o de visiones, pero justo es ir dejando estos documentos, tener esta estructura muy clara y entender que todo el equipo que colabora tiene que dejar esas estructuras hechas para el día de mañana, para quien esté. Eso es básico para la existencia de la política cultural. Si no la tienes, si no tienes objetivos mínimos, te aseguro que tu política cultural será un caos. Porque el objetivo tú lo puedes pensar, pero en realidad lo construyen el resto de las personas alrededor de un proyecto; se construye con lo que aportan los gestores involucrados, lo que piensa la ciudadanía, y entonces todo eso lo vuelve sostenible”, destaca Lisette Ahedo.
A lo largo de su historia, el MIL se ha construido por la comunidad a su alrededor, cada visitante, cada colaborador, cada coordinador, todas y todos los que han estado detrás de proyectos y visiones, dejando precedentes para llegar a ser lo que hoy es: un espacio vivo, en diálogo con su entorno y con quienes lo habitan, impulsando su reconocimiento a través de la memoria viva.
