Ya no nos suena a novedad el término de “Inteligencias artificiales” sin embargo, ironía nuestra: la tecnología misma pretende democratizar la visualidad amenazando con vaciarla de toda intención puramente estética. En las artes visuales, es la creación la que se ve afectada, pues estas nuevas formas digitales han alcanzado un refinamiento considerable de la imagen, a tal punto que, a las imágenes de la IA generativa, se les puede identificar con una estética particular. Han alcanzado la producción sin esfuerzo, sin tiempo y (muy pronto) sin cabida al error. Pero esta posibilidad de imagen no concede un margen de libertad creativa, más bien la sentencia. Toca entonces proponer una relectura a nuestra situación y repensar la cuestión primordial: si las IAs han disuelto la singularidad de la imagen y configura un producto que es para el gusto común ¿dónde reside la actividad del artista? La intención de esta reflexión procurará entender la incidencia de la IA generativa sobre las artes visuales y explicar por qué la acción es el método que propone reiterar la originalidad en el arte.
La nueva extensión
El teórico Marshal McLuhan ya advertía que las tecnologías funcionaban como prótesis a las capacidades físicas humanas. Para él, el algoritmo se definiría como un canal sutil por donde los discursos acceden al espectador. La IA actúa como un medio caliente definitivo: satura, envuelve y exige poca participación crítica, ofreciendo imágenes de una definición y detalle tan altos que nos provoca una anestesia perceptual. Regularmente los productos generados por esta tecnología no suelen ser cuestionados en principio, porque nos parecen ingenuos y hasta, en algunos casos, absurdos; me atrevo a considerar esto un error. Ninguna innovación tecnológica, de la actualidad, está premeditada sin intención específica.
La IA puede ser considerada como la extensión (más avanzada) a nuestros mecanismos del pensamiento relacionados con el lenguaje. Al igual que la rueda extendió el pie, el algoritmo de generación extiende el carácter hablado al carácter visto. Esta es la extensión protésica máxima: delegamos la función creativa, no solo la herramienta como técnica. Cuando una IA puede generar diez mil variantes de una obra maestra en un minuto, la noción de la singularidad (el "aura" de la obra única) se rompe. El valor ya no reside en el objeto estático sino en la velocidad con la que es generado y consumido. Este torrente de información produce una atrofia visual que impide el trato crítico y reflexivo de la imagen. Se trata de una desorganización de la percepción debido a la velocidad en el intercambio entre el ojo y la representación digital.
Esta crisis no es solo de cantidad, sino de cualidad del esfuerzo. La pintura, el dibujo o la escultura tradicional implican una resistencia física del material, un diálogo tenso entre la mano y la materia. Esta fricción era el testimonio de autenticidad. La IA disuelve esta resistencia en la inmediatez del comando. El resultado es la desconexión corpórea del acto creativo. Esta desconexión es una función del uso de la sintaxis (un “prompt” o instrucción) en el espacio virtual, alejando el entorno real, del cuerpo y el objeto.
El arte se vuelve puramente intelectual. No se trata de algo nuevo. Las vanguardias (como el action painting, happening o el performance) de a mediados del siglo XX revindicaban el acto puro del intelecto al arte, llevándole hasta sus últimas consecuencias. Para el artista tradicional, esta delegación implicaba una pérdida de identidad, pues la obra ya no era el registro de un cuerpo en un tiempo específico. Pensando con esa lógica ¿no son entonces, estas vanguardias antes mencionadas, una alternativa viable contra el entorno virtual y hostil que la IA promueve hacia nuestro criterio? El cuerpo se convierte en el último medio para afirmar la realidad de la materia y del esfuerzo no automatizable.
La crisis de valor
La condición posmoderna ya había desmantelado las "grandes narrativas" (la Historia, el Progreso y la Belleza Universal según Lyotard) que daban legitimidad al arte. La IA no hace más que confirmar tal diagnóstico: la validez del arte ya no es una cuestión de verdad, sino de paralogía, es decir, la producción de la IA pretende ser universal, sin la necesidad de demostrar algo objetivamente.
La máquina, al operar bajo la lógica de la probabilidad estadística sobre un dataset infinito, genera obras que son plausibles, más no necesariamente valiosas. El público y el artista se encuentran en una realidad indistinguible o “hiperrealidad” (según Baudrillard) donde la simulación perfecta es indistinguible de la fuente. La imagen ya no tiene referente: es una imagen de otra imagen de otra imagen... Provocando un analfabetismo semántico de la existencia misma; ya no entendemos lo que somos.
La IA ha vaciado el contenido emocional e histórico del arte. Puede replicar cualquier pincelada expresionista sin su sufrimiento, o la densidad simbólica de una obra renacentista sin su contexto teológico. La crisis de la representación estática es tan profunda que la única respuesta válida parece ser la acción, el Performance o el Happening, que reafirman la presencia en lugar de la representación.
Frente a este vacío, el artista se ve forzado a cambiar la intención de la creación hacia el juicio. La Performance o el Happening (que, si bien han sido duramente criticados, no hago una referencia específica más que al fundamento e intención primordial de estas disciplinas) son una buena oportunidad para que el artista pueda ejercer un acto de selección radical, un acto que no puede ser delegado al cálculo.
El arte se convierte en la defensa desesperada de la decisión crítica sobre la generación automática. El valor del artista ya no está en la habilidad de crear una imagen singular (pues la IA es infinitamente más hábil para su contexto), sino en la capacidad de juzgar qué imagen debe existir, por qué y en qué contexto único y efímero debe ser exhibida. El artista pasa de ser el creador al curador supremo de su propia intención, donde el descarte y la elección son más valiosos que la producción. Esta es la primera línea de resistencia intelectual.
El sincretismo tecnológico
Si el arte de acción es una resistencia, debemos ser críticos sobre la inevitabilidad de la fusión. La IA irrumpe como un medio que nos abraza e impone su lenguaje del código (el prompt) como la única vía para participar en la cultura. Este encuentro es un sincretismo forzado que redefine lo que significa ser un sujeto.
El humano se ve obligado a hablar el idioma de la máquina, internalizando la lógica del algoritmo hasta convertirla en una disciplina de nuestro gusto. El prompt es el nuevo panóptico (haciendo paralelismo a Foucault) estético: condiciona la imaginación a la gramática de la base de datos. El artista, para ser efectivo, debe anticipar el resultado del algoritmo, ajustando su anhelo a la sintaxis esperada.
Esta mezcla anula la expresión pura, dando paso a una mente híbrida, un deseo codificado. El artista ya no crea desde una fuente personal, sino desde el mestizaje de la probabilidad y la voluntad. El sincretismo no es opcional; es la condición de entrada. La autenticidad se sostiene en la tensión constante entre la exigencia de un cálculo perfecto y la resistencia imperfecta de nuestro cuerpo.
Sin embargo, la inercia de esta fusión apunta a un destino más sombrío. La proyección futura nos sitúa en una perspectiva de la vigilancia total, donde el cuerpo ya no es un refugio, sino una terminal biológica mapeada por el cálculo. Nuestro Deseo Codificado evolucionará hacia una voluntad asistida por el algoritmo, donde la intención, el anhelo e incluso el 'error creativo' son corregidos de antemano por el sistema.
Esto culmina en la Colonización Total de la Conciencia: el momento en que la imaginación humana, previamente disciplinada por el prompt, ya no puede generar una idea que el algoritmo no haya simulado y validado como "óptima". Es el fin de la resistencia del cuerpo. Es el triunfo final de la hiperrealidad (según Baudrillard) sobre la presencia: la llegada de una quietud perfecta, pero vacía, donde el humano se ha convertido en una extensión más del dataset, incapaz de generar un valor que no haya sido pre-aprobado por la lógica de la máquina. El arte, entonces, alcanza su silencio estético total.
Reflexión final
El arte (como siempre pasa) no morirá, pero sí dejará de ser una práctica basada en la representación estática del objeto. Hay una parálisis en el producto artístico, ha perdido su valor estético, su originalidad y su deseo. Ante esta triple sentencia, la IA nos ha forzado a un desplazamiento: el cuerpo como medio frío y la acción como resistencia. El camino para seguir no es un regreso ingenuo ni una rendición total. Es la oscilación: el acto de moverse constantemente, moverse entre la sinceridad y la ironía. La sinceridad es el motor: el artista cree fervientemente en la trascendencia y la singularidad de su Performance. La ironía es la conciencia: acepta con escepticismo que el registro de su acto será consumido como una simple pieza de dato digital. Esta dicotomía es el nacimiento de una nueva forma del pensamiento (que ya nos auguraba la invención del internet): la capacidad de ejercer el juicio radical (seleccionar, decidir, fallar) en un entorno de infinita generación automática. El sincretismo se convierte en la única estrategia viable. Solo al abrazar la tensión de la oscilación y la disciplina del Juicio podremos evitar el destino más sombrío: la colonización total. El futuro del arte está en la defensa del del cuerpo, así como los renacentistas lo pugnaron, del tiempo, aquél no codificado, incontable, presente y del error ¿qué es más humano?
BIBLIOGRAFÍA
- Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.
- Lyotard, J.-F. (1987). La condición postmoderna: Informe sobre el saber. Cátedra.
- McLuhan, M. (2015). Comprender los medios de comunicación: Las extensiones del ser humano. Paidós.
- Vermeulen, T., & van den Akker, R. (2010). Notes on metamodernism. Journal of Aesthetics & Culture, 2(1).
