—Es todo lo que hay. A ver qué haces con eso —dijo y se fue antes de que pudiera quejarme.
Le había pedido ropa para mí, pero me dejó con la de alguien más. ¿Qué quería, que me disfrazara de ella o de mi abuela?
Pateé una bolsa y un zapato salió disparado. Intenté guardarlo, pero el plástico siguió rasgándose. Terminé por lanzarlo y abrí la bolsa de un tirón. Mis manos se quedaron suspendidas sobre una camisa que yo había desechado. La sacudí y el olor a guardado se hizo más fuerte.
También había un pantalón acampanado cuya tela fría sentí entre los dedos y un camisón de mi abuela cubierto de pelusas de un viejo suéter. Seguí sacando una prenda tras otra hasta que una tela roja captó mi atención. Tiré de una punta y la falda se desplegó, obligándome a ponerme de pie.
Era la falda que mi mamá usó en un bailable de mi primaria. De niña estaba convencida de que podía esconderme debajo de ella cuando giraba y la tela se abría como una ola. Me la probé y ahora me quedaba. Di un par de vueltas y el espejo me devolvió el mismo vuelo; no pude evitar sonreír. Pero faltaban colores, así que fajé blusas de mi mamá y mías en la cintura de la falda.
Buscando qué añadir encontré una camisa que mi tío dejó antes de irse a Estados Unidos y que mi abuela decía que parecía un costal. Me la puse y la tela cayó hasta mis rodillas, dándole la razón. Volví al camisón de mi abuela. Acaricié el encaje y luego el cuello de la camisa de mi tío; quizás al unir ambas piezas ellos podrían estar de acuerdo en algo. Y yo los extrañaría un poco menos.
Exhalé despacio y mis hombros se aflojaron. Caminé hacia el espejo con una mano en la cintura, como si así pudiera sostener las prendas en su lugar. Por ahora era un montón de telas sobrepuestas; faltaba cortar, descoser y volver a unir.
No sé coser. Tendría que pedirle a mi mamá que me enseñara, aunque primero diría que mi idea era espantosa y luego terminaríamos inclinadas sobre la misma tela.
La sonrisa permaneció un momento más. Tomé las tijeras del cajón y empecé a recuperar el encaje.
Angelina Palomares Alvarado (León, Guanajuato). Psicóloga de formación. Su narrativa explora la experiencia humana y las distintas formas de interpretarla. Obtuvo el primer lugar en la categoría de cuento de la octava edición de Mundos Posibles. Actualmente desarrolla proyectos de cuento y novela.
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