INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

El camino

Un relato sobra andar, pensar y recordar. A aquellos que estuvieron y los que están.
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César Octavio Manríquez Gallaga
Los últimos espasmos de un calambre se desvanecen cuando ve a lo lejos la marca de los cuarenta kilómetros, padece un escozor en todo el cuerpo, sus brazos se sienten como vigas, las manos intentan sujetarse a sogas invisibles, sus piernas están deshechas, exigen detenerse, pero ella aprieta el paso. El peso de todo su cuerpo se triplica, su corazón percute exacerbado, el reloj sigue su marcha. ¿Por qué no se detiene? El primer lugar debió llegar a la meta posiblemente hace una hora. Ella no es una atleta, en realidad nunca lo fue y esta será la única carrera de su vida.

No es un buen ejercicio, no para ella que tiene un problema congénito en las tibias, los huesos parecen clavársele en la carne como agujas. Jamás pensó en cambiar de deporte. La idea de poder salir en cualquier lugar, aunque fuera solo para desandar el camino, le parecía reconfortante. Le gustaba deambular por las ciudades, siempre en las calles y nunca en una pista o en un parque, mucho menos en las máquinas de los gimnasios donde no podía pensar. Así, entre el humo de los coches y el enfado de los transeúntes, corría. 

—Un día te van a atropellar o te va a pasar algo, Adriana— decía su madre, aliviada y molesta, cuando la veía regresar a casa. Ella corría y pensaba que en realidad podía alejarse de todo; huir sin que nada ni nadie pudiera alcanzarla y llegar a quién sabe dónde, exhausta y temerosa, pero sin detenerse. Correr, correr,  correr… corría hasta que el cuerpo le doliera tanto como el alma. Hasta que el ácido en sus músculos la obligara a parar en seco y el ardor en sus pulmones no le permitiera pronunciar palabra.  

Su hora preferida era la madrugada, irónicamente porque sufría para levantarse y la ponía furiosa quedarse dormida. La mañana parecía abrazarla con un frescor húmedo y los tonos anaranjados del cielo le daban la sensación de atestiguar el nacimiento del día. Ahora el sol está casi en su punto más alto, el sudor le entra en los ojos, tiene la garganta seca de tanto jadear, no puede avanzar más, pero avanza. 

El maratón fue la excusa para continuar corriendo pese al ultimátum del médico. —Sólo una vez y lo dejo— decía cuando el dolor en las tibias la obligaba a descansar un par de días. —Además me prometí hacerlo—. Al día siguiente se la veía con el rostro serio, como enojada con aquel cuerpo amotinado, incapaz de seguirle el ritmo. Hasta que se topaba con el reflejo de una mirada orgullosa y desdeñaste, la misma de sus padres, la de él que siempre quiso un hijo varón; recio y tosco, no una marimacha, y la de ella, que no esperaba que la chiquilla enfermiza que había sufrido tantas fiebres y achaques, sobreviviera. 

Pensar y recordar, así es como se deja de sentir el cuerpo; pensando y  recordando. Pensar en el futuro, porque el pasado es traicionero; un día te alienta y al siguiente se cuela en lo más hondo y te aprisiona, mejor pensar en el futuro, imaginarlo si se prefiere, y recordar; recordar lo que uno quiere, lo que uno sufre, lo que uno es. En la meta estará María Elena de pie esperándola con Carmencita, su hija de ocho años, las vio primero a los veinte kilómetros y luego a los treinta cuando sufrió la caída y ellas la miraron horrorizadas, suplicándole que se detuviera, ella se amarró una venda, se puso de pie apretando los dientes para no gritar, y siguió andando, María Elena, con fuego en los ojos, le gritaba a la niña —Mira si tenemos suerte, tu madre es una fiera—. 

La recta de los últimos quinientos metros es como llegar al cielo. Ya todo ha terminado, las heridas ya no duelen. Cientos de desconocidos gritan y aplauden. Entienden el dolor, aunque nunca el sufrimiento que ha pasado. Algunos le ofrecen agua. Los niños corren el trayecto a su lado e inevitablemente los ojos se le llenan de lágrimas. Ve cada uno de los rostros que ha amado y perdido irreparablemente, los que un día, sin avisar, desaparecieron, los que con su presencia hicieron más soportable un mal momento y luego causaron un profundo dolor, también los que no creyeron nunca en ella, los que se burlaron, los que en más de una forma la lastimaron. Cruza la meta y no sabe cómo parar, si realmente puede parar, mira el camino que ha dejado atrás con el miedo y dudas de poder lograrlo. Ya todo ha terminado. Ahora mira al frente, la niña se lanza en sus brazos, las tres mujeres lloran un luto por el camino que han recorrido por última vez, cobijadas por la ternura de quienes nunca volverán.

César Octavio Manríquez Gallaga César Octavio Manríquez Gallaga

 (Irapuato, Gto., 1997). Estudiante de la licenciatura en Letras Españolas de la Universidad de Guanajuato. Fue jefe de redacción de la revista Argonauta revista cultural, ha colaborado con publicaciones para el periódico am Irapuato, ha publicado cuentos y artículos en revistas como Fang, Vozed, Pirocromo, entre otras. Fue ganador del primer lugar del segundo certamen de cuento corto Efrén Hernández y recibió una mención honorífica en la quinta edición del concurso Mundos Posibles.