A partir de estos fenómenos se pueden inferir un par de cosas, todas preocupantes desde mi punto de vista: al concentrar las funciones subtituladas en el formato de sala más caro en un país de fuerte industria del doblaje y donde, por ende se defiende al subtitulaje como «la mejor forma de ver una película» hace que «esa forma de ver» parta del valor agregado que pagas al ir a las funciones en estas salas. No solo es costear por el tipo de asiento, de pantalla o de menú, la materia lingüística de la película empieza a existir detrás de un elevado muro de pago que antes no estaba y que remarca la jerarquización socioeconómica del cine; una que acentúa ese precepto de la «verdadera experiencia» al mismo tiempo que define a quién le pertenece y a quién no.
Poco a poco siento separarme de las salas de cadena, sea por situaciones como la de las funciones subtituladas, los pantanosos dilemas morales sobre dónde sí o no poner nuestro dinero teniendo en cuenta casos como el de Mubi, la plataforma de cine de autor que este año empezó a ser financiada por un fondo asociado a compañías de “defensa” israelí o casos más concretos como Cinépolis sufriendo un episodio de amnesia con su ciclo ‘Los Sueños de David Lynch’, que anunciaba un repaso por la filmografía del recién difunto director, pero tras proyectar Terciopelo Azul y Carretera Perdida, la publicidad del ciclo se esfumó de sus redes sin indicio alguno de retomar el ciclo más adelante, a pesar de las dudas y quejas que esto suscitó.
Desde las distribuidoras y sus complicidades con lo atroz, las cadenas y su mediocridad con el cine, hasta el simple hecho de proyectar subtítulado en unas salas sí y en otras no, todo me ha producido un progresivo desencanto con la sala comercial que no hace más que crecer (sin mencionar la reciente adquisición de Warner Bros por parte de Netflix).
Pero, aunque mi cinefilia resienta lo lúgubre que ha sido este año para las salas de mi ciudad, esto para nada representa que esa cinefilia haya dejado de cultivarse. Si acaso, el desplazamiento de la sala comercial me ha dado paso a enfocarme en las «otras» pantallas: las de las amistades, los cineclubes y expandir mis propios visionados.
A inicios de año tuve la oportunidad de curar un ciclo de falso metraje para el cineclub de la maravillosa Torre Andrade; los martes de 2x1 en Cinépolis se convirtieron en desveladas de Cinema Nostalgia con sus grandiosas introducciones por parte del buen Deusdedit Diez de Sollano (a quien pueden leer en Zona Franca); mensualmente anticipo las funciones en el Cineclub de la Casa de la Cultura Diego Rivera, curadas por Daniel Aguilar Torres, y no pierdo de vista las funciones que de vez en cuando organiza el Forum Cultural, sin mencionar la considerable oferta de Cineclubes a la que la pospandemia nos ha permitido acceder (como la breve incursión de Café Prisma, los recientes programas en Books 1657 o la transición de Martes de Terraza a Cine Club UG Forum).
A esto sumo dinámicas aún más personales que le dan vida y forma a esas cinefilias, como el Trashatón: maratones de películas malas con dinámicas, que organizamos entre amigos alrededor de cada tres meses. En la segunda mitad del año también se intensificó una reciente amistad para quien el cine no era tan focal y con la que mi pareja y yo hemos podido redescubrir mucho del séptimo arte que amamos, al proyectarlo juntos: compartir un visionado como Twin Peaks, por ejemplo, es redescubrir tu relación con sus imágenes a la vez que presencias cómo se teje la del ser querido. Así, las proyecciones en mi casa, en la de mis amigos, en la que reside el amor o en los cineclubes que presentan los amigos, adquieren una oficialidad sentimental en un momento en que los espacios que alguna vez considerábamos «oficiales» parecen deshacerse.
Será un reflejo de lo que el mundo entero está sufriendo: virar hacia el aislacionismo, desear cercenarse del mundo y vagar como isla en este mar hostil, sin apegos que te muevan, pero tampoco riesgos que puedan herir. Mas todo extremo conlleva asfixia. Y si el mundo parece alejarnos de las estructuras que dábamos por sentado, sin importar lo angustioso del porvenir, tampoco debemos ceder a esa angustia. Aprovechar los vacíos para así trazar algo nuevo, para redescubrir lo vital: la amistad, el cariño, el perseverar. Mantener en nuestras vidas el delicado balance de las salas: por nuestra cuenta, compartimos el espacio.
