Este año, el proyecto fue seleccionado nuevamente a través del Programa Impulso a Creadores, y ese reconocimiento —más que un premio— se convirtió en una confirmación de que su búsqueda es necesaria, de que su archivo es un espejo que León debe mirar, y de que la memoria también se construye desde la persistencia.

Noemí comenzó este camino en 2019, cuando decidió convertir un duelo familiar —un inmueble abandonado que ya no pudo habitar— en una pregunta mayor: ¿qué pasa con los espacios que abandonamos?, ¿qué historias quedan atrapadas detrás de sus muros?, ¿qué dicen de nosotros como ciudad? Aquella herida personal se volvió semilla de un proyecto documental que, con el tiempo, se transformó en una misión: registrar la ruina como testigo, nombrar el abandono y rescatar su valor antes de que el crecimiento voraz de la ciudad lo devore por completo.

Ganadora de esta convocatoria en dos ediciones (2021 y 2025), Noemí reconoce que este apoyo le ha permitido sostener un proceso creativo largo e intenso. Más que un reconocimiento, lo vive como un gesto que favorece su propósito: “me confirma que este proyecto importa, no solo para mí, sino para muchas personas que también han perdido un espacio, una parte de su barrio o un recuerdo”. La ciudad, dice, es una casa que habitamos todos y también una que olvidamos juntos.
En su andar, la artista ha recorrido los barrios de San Juan de Dios, El Coecillo, San Miguel y Barrio Arriba (este último parte esencial de su propia historia familiar). Volver a estos espacios después de estudiar fuera, le permitió reencontrarse con su ciudad desde otra mirada: una más atenta, más sensible, más consciente del desgaste. Las caminatas fotográficas se convirtieron en ejercicios de memoria viva, en encuentros con familias que aún resisten, con fachadas heridas, con silencios que hablan.

La fotografía documental ha sido su herramienta principal, no solo para ver, sino para revelar. Dentro de sus procesos evita intervenir digitalmente sus imágenes, apostando a que la crudeza del abandono dialogue con su propia honestidad. Lo que se derrumba frente a la arquitectura moderna, lo que se sostiene apenas con sus cimientos, lo que ya nadie mira pero permanece; todo eso se vuelve parte del archivo que construye.
Ese archivo —físico y digital— es uno de los objetivos más profundos del proyecto. Noemí imagina un futuro donde su trabajo pueda ser consultado libremente por la ciudadanía, por investigadores, por estudiantes, por curiosos. No busca guardarlo para sí, sino compartirlo, democratizarlo, entregarlo a quienes heredarán una ciudad distinta a la que ella está documentando hoy. En medio de todos estos procesos, describe su labor como un puente entre la ruina, los inmuebles, la grieta en la memoria y el espectador. Ella ofrece la imagen, la realidad desnuda del abandono; del otro lado, la persona que observa decide si cruza, si mira de frente, si se queda en el borde o si transforma algo de sí misma en el trayecto. Ese puente —esa conversación silenciosa— es donde realmente ocurre la obra.

Porque Paso en la ciudad no busca dictar una emoción ni imponer una lectura: invita. Invita a recordar, a reconocer, a incomodarse, a preguntarse qué ciudad estamos dejando atrás y cuál queremos construir; a mirar el abandono no solo como ruina, sino como testimonio.
Hoy, mientras el proyecto crece y se exhibe, Noemí también piensa en quienes, como ella, sienten el llamado a documentar su entorno. A ellos les dice: “Denle valor a sus propias historias. Háganse del coraje para contarlas. No estamos solos, somos muchas personas habitadas por la nostalgia de este lugar”. Porque para ella, el arte —siempre político— es una forma de actuar, de anunciar, de abrir puertas.
Su obra es ese puente y cada espectador que se atreve a cruzarlo escribe un paso más en la memoria de la ciudad.
