Para mí, la Catedral siempre ha sido mi oasis del Centro. Me gusta cuando hay bodas porque ponen flores: crisantemos, gladiolas y nardos. Todo huele a nardos, huele a santo. Los ecos de sus sonidos sordos —por tanta madera— aíslan el ruido de los camiones y el sonido del claxon del tráfico obsesivo.
Me gusta meterme en las capillas más pequeñas, ahí cierro los ojos e imagino que hay paredes falsas y pasajes secretos. En ese lugar la luz exterior apenas entra; observo por donde hay una Sagrada Familia y el color del cielo se parece al de un cuadro que tenía mi abuelita. Ella también tenía otra imagen, la de La Nueva Jerusalén, un recorrido de los buenos y justos que van al cielo.
Recordar me da sueño ¿será un buen momento para para dormir ahí? Me pregunto si he soñado con el cielo, recuerdo que un día soñé con la biblioteca del Centro y olía a libros viejos; ojalá que huela así allá.
Santos, mártires, retablos y telas llenas de milagritos. En ese lugar la gente reza en un sutil susurro que me adormece un poco más. En ese estado, con un poco de cansancio y otro de éxtasis creo escuchar cada plegaria; hay un camino de ruegos que van hasta la cúpula y se multiplican, y yo me uno a ellos.
Tal vez un día, ya tarde, en la noche, antes de que cierren, voy a venir a dormir, me acostaré en el rincón más lejano, dicen que la madrugada es fría, me cobijaré con el manto rojo del Cristo de la entrada, el que dicen que un día movió una pierna para no caer en una procesión.
Vendré a Catedral para soñar con mi abuela. Esa noche pasearemos por cada una de esas capillas, entraremos a los pasadizos secretos, tal vez esa noche el eco no devuelva algunos cantos o sonidos guardados en un rincón del órgano monumental.
Mientras somos testigos de ese cielo, comeremos pan caliente con natas y azúcar.
Texto elaborado en el taller ‘Crónica Urbana. Caminar y narrar: historias de banqueta’, impartido por Karla E. Gasca como parte de las actividades por la exposición Dos Ruedas: Bicivilizando la ciudad, en el Museo de las Identidades Leonesas.