El éxito del fast fashion, al ofrecer bajos costos y una actualización constante de las tendencias, ha propiciado el incremento del consumo de ropa y, por lo tanto, de su producción, de la fabricación de prendas de menor calidad y de su desecho en poco tiempo. Esto resulta preocupante pues, de acuerdo con datos de la Conferencia delas Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), la industria de la moda utiliza cada año alrededor de 93 mil millones de metros cúbicos de agua, cantidad suficiente para satisfacer las necesidades de consumo de cinco millones de personas. Además, alrededor del 20% de la contaminación del agua, a nivel mundial, está relacionada con el teñido y tratamiento de textiles.
Los efectos no solo han sido perjudiciales para el agua: los residuos de tintes y las fibras sintéticas que se desprenden de algunas prendas pueden terminar en los ecosistemas acuáticos; a esto se suma la energía utilizada para obtener las materias primas, transformarlas, confeccionar las prendas, transportarlas y, finalmente, desecharlas. La industria de la moda contribuye de manera importante a las emisiones de gases de efecto invernadero y a la generación de residuos. El problema, entonces, no se encuentra únicamente en la prenda que compramos, sino en toda la cadena que existe a partir de ella.
En este contexto de producción acelerada y sumamente contaminante, los textiles biodegradables y naturales se han convertido en protagonistas de muchos proyectos de ropa, calzado y accesorios. Sí, así como la comida que tiras en el cesto etiquetado de verde, algunos de estos materiales pueden descomponerse gracias a la actividad de bacterias, hongos y otros agentes biológicos hasta transformarse en sustancias más simples. Pero tenemos que hacer una precisión: biodegradable no significa automáticamente sostenible ni quiere decir que un material desaparecerá rápidamente. La velocidad y las condiciones de degradación dependen de su composición y del ambiente en que se encuentre.
Existen textiles realizados a partir de fibras completamente naturales, como las de origen vegetal, que provienen de hojas, frutos, tallos, semillas o flores. El algodón, el lino, el cáñamo y el yute son algunos ejemplos. También están las fibras de origen animal, como la lana, la seda y la alpaca. Cada una posee propiedades distintas y requiere procesos diferentes para convertirse en hilo y posteriormente en tela.
El lino, por ejemplo, procede de la planta Linum usitatissimum y es una de las fibras textiles más antiguas que conocemos. Es ligero, transpirable y resistente. El cáñamo, por su parte, produce una fibra resistente y duradera que puede utilizarse en prendas, bolsas, calzado y textiles para el hogar. Su cultivo puede requerir poca irrigación y utilizar menos fertilizantes que otros cultivos, aunque su impacto final depende de las condiciones específicas de producción y transformación.
El algodón es otro ejemplo interesante. Es una fibra natural y biodegradable, pero eso no significa que todo algodón tenga el mismo impacto ambiental. Su producción convencional puede requerir grandes cantidades de agua y otros insumos agrícolas; por eso han cobrado importancia alternativas como el algodón orgánico, el algodón reciclado y el procedente de prácticas regenerativas.
Aquí aparece una de las estrategias de la moda contemporánea: no producir una nueva materia prima cuando ya existe una que podemos reutilizar. El algodón reciclado, por ejemplo, puede obtenerse a partir de recortes de las fábricas de confección o de prendas de segunda mano. La marca estadounidense Patagonia utiliza algodón reciclado procedente tanto de residuos de producción como de residuos posconsumo y también trabaja con algodón orgánico, cáñamo, lana reciclada, nylon reciclado y poliéster reciclado. Su propuesta combina así la elección de materiales de menor impacto con otra idea fundamental: fabricar prendas que duren.
Pero la innovación no se limita a recuperar fibras que ya conocemos. Una de las búsquedas más llamativas de los últimos años consiste en convertir residuos agrícolas en nuevos materiales textiles. Es el caso de Piñatex®, desarrollado por la empresa Ananas Anam a partir de fibras obtenidas de las hojas de la planta de piña. Estas hojas son un subproducto de las cosechas que puede aprovecharse para fabricar un material no tejido utilizado en moda, accesorios e interiores.
La idea resulta sencilla y revolucionaria. No es necesario plantar una nueva cosecha exclusivamente para fabricar el material, pues las hojas utilizadas por Piñatex® proceden de la producción de piña existente. Sin embargo, este ejemplo también demuestra por qué es importante no asumir que todo material de origen vegetal es automáticamente biodegradable. Piñatex® no es 100 % biodegradable: su composición incluye fibras de hoja de piña, ácido poliláctico y recubrimientos que modifican su comportamiento al final de su vida útil.
Algo similar ocurre con los materiales que se presentan como ‘cuero vegetal’, ‘cuero de hongos’ o ‘piel de frutas’. Algunos tienen un origen parcial o completamente biológico, pero para adquirir resistencia, flexibilidad, impermeabilidad o una apariencia similar al cuero pueden incorporar polímeros y recubrimientos sintéticos. Que un producto diga “hecho de plantas” no basta para determinar qué ocurrirá con él cuando termine su vida útil.
Otro campo de experimentación son los materiales desarrollados a partir de hongos, particularmente el micelio: una red de filamentos que forma parte de estos organismos. Su crecimiento puede controlarse sobre determinados residuos orgánicos para generar estructuras que posteriormente se procesan y utilizan como alternativas a algunos materiales convencionales. La propuesta combina biología, diseño y aprovechamiento de residuos, aunque, nuevamente, es necesario revisar la composición final y no asumir que todo producto basado en micelio es automáticamente biodegradable.
La industria también ha experimentado con fibras obtenidas de otros residuos. Cáscaras y desechos de cítricos, uva, manzana, plátano y café han sido explorados como materia prima para desarrollar nuevos materiales. El principio es el mismo: convertir aquello que normalmente consideramos desperdicio en un recurso.
Este cambio de perspectiva introduce una palabra que quizá sea más relevante que biodegradable: «circularidad». Una industria circular intenta mantener los materiales en uso durante el mayor tiempo posible y reducir la necesidad de extraer constantemente nuevos recursos. Una camiseta de algodón reciclado, una chamarra diseñada para durar muchos años o una fibra obtenida de residuos agrícolas pueden formar parte de esta estrategia, aunque no todas tengan exactamente el mismo destino al final de su vida útil.
Hay marcas que han incorporado estas ideas desde su propia filosofía de producción. Armedangels trabaja con algodón orgánico, materiales reciclados y fibras como el cáñamo, además de utilizar sistemas de trazabilidad para algunos de sus materiales. Lo interesante para el consumidor no es solamente el sello que aparece en una etiqueta, sino observar qué materiales utiliza una marca, cómo los combina y qué acciones realiza para prolongar la vida de sus prendas.
Las certificaciones GOTS, NATURTEXTIL IVN certified BEST, OEKO-TEX, Organic Content Standard (OCS) y Content Claim Standard (CCS) son herramientas que ayudan a verificar diferentes aspectos de los textiles: desde el contenido de fibras orgánicas y su trazabilidad hasta el control de determinadas sustancias y procesos. No evalúan lo mismo ni garantizan por sí mismas que una prenda sea biodegradable o sostenible en todos los sentidos. Por ello, más que buscar una sola etiqueta que diga ‘ecológico’, conviene revisar qué certifica realmente cada sello y, sobre todo, qué composición tiene el producto concreto.
La diferencia entre los materiales biodegradables y compostables también merece atención. Un material biodegradable puede ser descompuesto por microorganismos, pero esto puede ocurrir en diferentes tiempos y condiciones. Un material compostable, en cambio, está diseñado para descomponerse bajo condiciones específicas y dentro de determinados parámetros de tiempo. En otras palabras: todo material compostable es biodegradable, pero no todo material biodegradable es compostable.
Esto también nos obliga a mirar con cierta desconfianza las palabras que aparecen en las etiquetas. Natural, orgánico, reciclado, biobasado, biodegradable y compostable describen características diferentes. Una fibra puede ser natural pero requerir grandes cantidades de agua para su producción; un material puede ser reciclado pero contener fibras sintéticas; uno puede ser biobasado y no ser biodegradable; y uno biodegradable puede necesitar condiciones específicas para lograrlo.
Entonces, ¿qué hace realmente más amigable con el ambiente a un textil? La respuesta no se encuentra en una sola característica. Importa el origen de la materia prima, la cantidad de agua y energía utilizada, los productos químicos empleados durante su transformación, la distancia que recorre, la durabilidad de la prenda, la posibilidad de repararla, reutilizarla o reciclarla y, finalmente, lo que ocurre cuando ya no puede utilizarse.
Las propuestas más valiosas de la moda actual no buscan únicamente fabricar prendas que puedan regresar a la naturaleza. También intentan alargar la vida de aquello que ya tenemos. Patagonia, por ejemplo, ha construido parte de su propuesta alrededor de la durabilidad y la reparación, mientras utiliza una combinación de fibras orgánicas y materiales reciclados. Su apuesta demuestra que una prenda más responsable no tiene que ser aquella que desaparece más rápido, sino aquella que puede permanecer útil durante mucho más tiempo.
Y es que existe una paradoja en la idea de una prenda biodegradable: si una camiseta está diseñada para desintegrarse rápidamente, ¿no sería mejor que primero pudiera utilizarse durante muchos años? La respuesta depende del producto y de su ciclo de vida, pero la pregunta sirve para recordar que la sostenibilidad no debería reducirse al momento en que tiramos una prenda a la basura.
El futuro de los textiles probablemente se encuentre en una combinación de estrategias: fibras naturales obtenidas de manera responsable, materiales reciclados, residuos agrícolas transformados en nuevos productos, procesos que reduzcan el uso de agua y sustancias químicas, prendas diseñadas para durar y sistemas que permitan recuperar sus materiales cuando ya no puedan seguir utilizándose.
Quizá este porvenir no consiste en inventar materiales completamente desconocidos, sino en aprender a mirar de otra manera aquello que siempre estuvo frente a nosotros: las plantas, los residuos, los hongos y las fibras naturales. La moda, que durante décadas encontró en la velocidad una de sus principales virtudes, tiene ahora el desafío de encontrar valor en lo contrario: producir menos, utilizar mejor, durar más y, cuando llegue el momento de desaparecer, hacerlo de la manera menos perjudicial posible para el planeta.