Partiendo de la frase de Juan José Arreola: «el ajedrez es la única ocurrencia humana que queda fuera del alcance del ser humano» no es de extrañarse que éste ha fascinado a las personas desde hace siglos: un juego que, en completa oposición al mundo caótico y azaroso, nos sumerge en un campo de batalla de 64 casillas donde el azar no existe. En el tablero, el desorden y el tiempo se suspenden sin importar el lugar o la era.
Nacido en el seno de una familia de Barrio Arriba en 1948, Guillermo Cano Moreno fue el segundo de seis hermanos. Leonés por excelencia, hijo de teneros, aunque lejos de las pieles, pues su vida ha oscilado entre las letras y los tableros.
Recuerda que fue en uno de sus viajes al entonces Distrito Federal, motivados por el negocio familiar, que su papá —quien ya le había hablado del ajedrez— le compró un tablero y piezas, y le encendió esa pasión primigenia:
“No teníamos juego de ajedrez y esa vez en México, caminando ahí por el Centro, en una librería, me dijo: «mira, ahí hay un juego de ajedrez». Entramos y lo compramos. En esos tiempos viajaba en tren y en el trayecto, que duraba como 12 horas, me enseñó los movimientos. Él no era ajedrecista. Sabía los movimientos pero no jugaba”, platica.
En ese entonces el ajedrez en León era una práctica casi exclusiva del Círculo Leonés Mutualista, club que tenía como sede las emblemáticas «Casas Cuatas» en la calle Madero. Iniciado como un espacio donde se dialogaban temas políticos y religiosos, también organizaba el Campeonato Municipal de Ajedrez.
Pero la vida continuamente sorprende sin demasiada oportunidad de reacción, y cuando una cuestión absurda echó al sr. Guillermo de la preparatoria en su primer año, lejos de apagar la llama, lo movilizó a buscar un camino laboral que lo acompañó por años: el periodismo.
“Nosotros éramos lectores de periódico de ‘a de veras’. Mi padre salía a misa diario, iba a Catedral y regresaba con El Sol. Entonces vino la noticia, por ejemplo, de cuando mataron a Kennedy, y él nos la leía. Cuando las Poquianchis, nos la leía… No sé si eso influye”.
Así, buscó quién le abriera las puertas para escribir en las imprentas que publicaban diarios o revistas, y con ayuda de un amigo de la familia comenzó a trabajar en la ya extinta Lumen, importante imprenta de la época que veía nacer El Sol de León (1950), a donde Cano llegaría posteriormente.
Pero, además del trabajo en prensa, el sr. Cano, que había sido Presidente del Consejo estudiantil en su escuela, movilizó a otros estudiantes ajedrecistas y, durante una acalorada votación, se instituyó la Liga Municipal de Ajedrez a inicios de los 70, presidida por él y facultada para promover la práctica del ajedrez como un deporte local más allá de los muros del Círculo.
Aunque nació como una organización casi estudiantil, a partir de entonces, tanto el Círculo como el Ayuntamiento, la han involucrado en la toma de decisiones y logística de eventos ajedrecísticos. La ahora Liga Leonesa de Ajedrez sigue realizando torneos, llevando registro y aglutinando los esfuerzos que escuelas, organizaciones y clubes hacen todos los días.
En los 70 hubo un interés inaudito por los escaques y es que la Guerra Fría calentaba un encuentro entre el campeón soviético Boris Spassky y el retador estadounidense Bobby Fischer. Los medios mundiales hicieron una cobertura no solo del match, sino de todo lo que sucedía alrededor: un Fischer que hacía temblar a la competencia y jugaba un ajedrez de élite. Muchos leoneses seguían de cerca al prodigioso Bobby Fischer y uno de ellos era, por supuesto, el sr. Cano, quien compraba El Heraldo de México y replicaba la partida en las mesas de La Copa de Leche —extinta cafetería a un costado de la Casa de la Cultura Diego Rivera—.
Él estaba cerca de la organización de los Campeonatos Municipales y demás eventos. En una ocasión invitaron al equipo soviético que venía al campeonato mundial de México y los leoneses que se enfrentaron contra ellos obtuvieron un saldo favorable, mismo que él publicó en el diario: «León le gana a Rusia en ajedrez», pues no desaprovechaba ocasión para visibilizar el nivel que se practicaba en León.
Por ello, la divulgación de este deporte también ha sido una constante. Durante sus días en Lumen y en el periódico dedicó gran parte a publicar noticias del ajedrez e inició la columna Jaque al Rey y, tiempo después, Alfil blanco, que estuvo vigente en los 80.
“No es la gran cosa, pero por lo menos había cierta información del ajedrez en la ciudad. Ahorita no hay. Alguien dijo que un gran periódico debe tener una sección de ajedrez. Los grandes periódicos tienen una —como ejemplo: El Clarín de Argentina y El País de España… ¡y diario!”, refiere.
Mientras su carrera como periodista iba en ascenso, primero como Jefe de Información en El Sol y luego como Jefe de Redacción de Noticias Vespertinas, decidió hacer un enroque casi obligado y pasó de ser jugador a docente. Fundó el Club Alekhine en el Tecnológico de León y también es cofundador del Club de Ajedrez Capablanca (creado en 1983 y ahora, una asociación civil), que marcó un antes y un después en el mundo ajedrecístico leonés[2].
Uno de sus grandes momentos fue cuando, junto con el Círculo Leonés Mutualista, organizó el Campeonato Municipal de Ajedrez en el patio del Palacio Municipal, consolidando la jerarquía que el juego llegó a tener en nuestra ciudad.
A finales de siglo, comenzó a dar clases en la Casa de la Cultura Diego Rivera, marcando el inicio de una era fundamental para el ajedrez en León. Su clase comenzó a acumular alumnos y esto lo obligó a formalizar un enlace con dicha institución, que continúa vigente.
Ese impulso —como él lo llama— vino con nuevos retos. Y es que la diferencia entre ser jugador y ser docente es abismal. “El primer problema es: ¿qué vas a enseñar? Si vas a decir que voy a enseñar a mover las piezas… Bueno, eso no es enseñar ajedrez”, menciona y reflexiona sobre la obligación de prepararse para poder responder a los retos que los estudiantes le imponían.
“(El ajedrez) Si se estudia es arte también, y el arte es belleza, y una Casa de Cultura lo que promueve es el arte y la sensibilidad hacia la belleza, ya sea pintura, música, sea lo que sea[1] [2] (…) Aquí el cuestionamiento es: ¿qué es mejor, que un maestro de escuela enseñe ajedrez o que un ajedrecista vaya a dar clases? Es que hay desventaja de las dos partes. El maestro no conoce de ajedrez, el ajedrecista sí; pero el ajedrecista no conoce de pedagogía, el maestro sí. Ahí está el problema. Pero, a través del tiempo, con estos cursos de capacitación que he tomado, pues vas agarrando la onda a la pedagogía y la didáctica”.
Para ese entonces, la Fundación Kasparov[3] llevó a cabo su alianza con la UNAM y muchos profesores pudieron prepararse de primera mano; uno de ellos, el sr. Cano.
Otro de sus logros es haber iniciado el Encuentro de Ajedrez que tiene sede en la Feria Nacional del Libro de León (Fenal). Este certamen, que este año llega a su edición 28, es uno de los torneos activos más longevos en la ciudad y se ha convertido en un escaparate para jóvenes jugadores con los que ha ganado un importante prestigio.
“Se hace muy bien el torneo, la verdad. Más aún el Instituto Cultural de León contrata gente, árbitros que vienen de fuera. Ya tiene su prestigio y ya se institucionalizó porque el instituto lo hace todo completo, bueno, con el respaldo del Municipio. Y ese es el ideal de algo: que se institucionalice sin que alguien quiera ser el dueño. Aquí no hay dueños”, menciona.
Jubilado de su trabajo como periodista, el profesor sigue cerca de los tableros, no se aparta de las aulas y mantiene la idea de seguir divulgando este «juego ingrato». El ajedrez nunca ha sido una afición para él, es más bien una manera de entender la vida.
“Es un juego problémico (sic)” que te genera preguntas a resolver. “Me está planteando un problema. Tengo que pensar por qué jugó ahí —porque no estoy jugando solo, estoy jugando contra otro que igual que yo, quiere ganar y que, igual que yo, tiene técnica y una serie de recursos. Entonces cada jugador es un problema, cada posición es un problema. Ahora, ¿cómo resolvemos los problemas?” Pensando, responde. “Observar el tablero, interpretar la posición, analizar el dilema y calcular las jugadas —porque jugadas hay muchas, pero siempre hay que elegir una. Por esto es que enseñarlo es difícil, pues más que la transmisión de un pasatiempo implica una modificación en nuestra forma de pensar, de vivir, de darle sentido al caos”.
Uno no puede quedar intacto después de mirar una partida de ajedrez bien jugada donde imaginas lo que los jugadores intentaron, lograron o fallaron. Es ver la posición y encontrar la pérdida, detectar el error o el mate inminente. Esta previsibilidad es quizá lo que divide a un jugador de ajedrez común de un gran maestro como Bobby Fischer, Mikhail Tal, Garry Kasparov, Magnus Carlsen o el mismo Edgardo Pacheco, leonés que cumplió los requisitos para ser un gran maestro pero no logró reconocimiento.
Es que cuando la vida ha encontrado la manera de sorprenderle, el sr. Cano también ha encontrado nuevas jugadas para el contragolpe. Continúa sentando el camino para muchos otros ajedrecistas que han encontrado arropo en sus lecciones o, incluso sin darse cuenta, han caminado los senderos que el profesor ha surcado. Porque el ajedrez es así: ante una vida que castiga los errores o decisiones tardías, el juego te da oportunidades de construir una realidad distinta con apenas unos movimientos. Porque mientras haya una jugada posible, la partida sigue viva —y ya dejamos claro que no estamos cerca de agotarlas—. ¿Acaso no se parece a la vida?
[1] Claude Shannon fue un matemático, ingeniero eléctrico y criptógrafo estadounidense recordado como «el padre de la teoría de la información». Sus estudios y teorías revolucionaron completamente el mundo de la informática y abrió paso a lo que hoy conocemos como computado
[2] Un club de ajedrez es un espacio donde jugadores se reúnen no solo a jugar, sino a estudiar, comentar e incluso aprender a jugar, donde se motiva a mejorar la técnica, la táctica y habilidades en el juego.
[3] La Fundación Kasparov es una organización sin fines de lucro fundada por el gran maestro Garry Kasparov, para promover el ajedrez como herramienta pedagógica. Tiene presencia en varios países.