Las respuestas no son sencillas, pero abordarlas desde todas las perspectivas posibles nos ayudaría a entender la necesidad de expresarnos en nuestras distintas sociedades, desde las de nivel tecnológico hasta las de territorio, cultura e identidad. El arte siempre ha dejado un legado que vale la pena estudiar.
Al abordar estos fenómenos nos encontramos con una figura inmanente al arte como ente social; la educación. Estudiar a los artistas, sus obras, trayectorias, las interpretaciones sobre su legado e influencias, nos da como resultado un sistema complejo de aparatos de aprendizaje que nos enseñan sobre nuestros complicados e históricos constructos sobre los cuales hemos ordenado y jerarquizado paradigmas alrededor del sentir, pensar, actuar o crear patrones de conducta. El arte entonces, solo por existir, puede educar y generar estructuras diversas de aprendizaje.
Empero, los sistemas de educación de países como el nuestro le dan poca importancia al arte en sus aulas. Muchas veces son solo experiencias que aproximan al alumno al ejercicio de determinadas técnicas, el uso de algunas herramientas, de interpretaciones incompletas y abordadas de formas baratas sin aplicaciones a una realidad que nos exige a gritos nuestra intervención, al menos, de forma expresiva y con la responsabilidad dialógica y de comprensión de la otredad que eso implica. En vez de eso, la mayoría de acercamientos al arte es a través de mitos sobre biografías de los creadores artísticos, que muchas veces se estudian desde didácticas aburridas, tediosas y que exigen memorizar datos que terminan por ser inútiles al estudiante o idealizan sus vidas desde visiones arquetípicas que los endiosan, entorpeciendo la capacidad de verlos como humanos cuya creación costó esfuerzo y sacrificios asequibles a cualquier persona que pueda emprender ese sinuoso camino. Los estudiantes no visualizan ni un poco en ellos la posibilidad de contemplarse a sí mismos con la capacidad de decir algo de forma creativa, construyendo dialécticas que en vez de motivar a las personas a expresarse en condiciones propicias para ser voz del padecimiento de los contextos que los rodean, generan la peor de las situaciones para poder expresarnos: la indiferencia.
Si hablamos del arte como área de aprendizaje y el complejo problema que la posmodernidad cierne sobre la simulación que implica aprender algo de forma ‘profesional’ o de legitimarse gracias al valor, la confianza (y a la apatía) que como sociedad le hemos dado a las instituciones educativas de producir especialistas como si fueran cosas prefabricadas para funcionar ‘bien’, el arte como muchas disciplinas de conocimiento, ha tenido algunos problemas: en primer lugar porque la producción artística, como casi todas las cosas en nuestros tiempos, se ha capitalizado y transformado en un ente cosificado y comercializable y con ello, se ha llevado hacia el mismo camino a los procedimientos de aprenderlo.
En segundo lugar, en las universidades que otorgan programas de estudio profesionalizantes en artes se mutilan los programas de estudio, se engaña a los alumnos haciéndoles creer que un quehacer artístico se domina en 4 o 5 años, no les interesa la aplicación de diagnósticos que den información sustancial sobre sus estudiantes, se simulan los sistemas de evaluación, se ignoran los aprendizajes comunales que no provienen de la teoría o de los estudios pedagógicos que normalmente se producen en países diferentes al nuestro. Los diálogos entre los agentes educativos como los administrativos y directivos se suponen o malinterpretan causando un daño sustancial al quehacer educativo, el estudio de las diversidades en sus formas expresivas y multiculturales no existen o no se implican, los estudios sociales de las expresiones locales desde la investigación histórica se ignoran o separan del diseño curricular y las búsquedas auténticas de los estudiantes que no estén apegadas a visiones colonialistas, europeos centristas y vanguardistas de la producción artística global, no se toman en cuenta como válidas y mucho menos innovadoras.
La inmanencia que puede existir en el arte como un proceso educativo y entre la educación como un proceso artístico, no siempre se entiende de formas sencillas. El afamado director mexicano de teatro Luis de Tavira nos dice:
Desde el desciframiento original del arte como poietiké episteme, es decir, desde la poiesis como desciframiento del arte, comprendemos la construcción del artista como la de aquel que ha entrado en el horizonte de una poietiké episteme, esto es: un saber hacer, un hacer tal, que es ya un hacer saber. Entre este saber hacer –que nombra su aprendizaje–, y su hacer saber –que nombra su vocación de enseñanza–, se debate la consistencia educativa inherente al arte mismo. (de Tavira, 2007).
A pesar de que socialmente las interacciones, respuestas, controversias y fenómenos son parte de la influencia del artista por ese saber hacer y de su discernimiento a través de sus materiales, técnicas y aparatos creativos como medios para hacerlo, muchos grandes artistas no se interesaron por legar un trabajo educativo o dejar trabajos metodológicos depurados sobre el aprendizaje artístico y hay pocos educadores que han abordado la experiencia educativa como un trabajo artístico.
Uno de ellos es Rudolf Steiner, que califica al proceso educativo como un proceso artístico y con ello, al docente, como artista. La planeación de clase, la interpretación de resultados, las acciones llevadas a cabo en conjunto para enseñar valores como la toma de decisiones o la aplicación de un aparato crítico serían problemas artísticos que requieren cualidades creativas, por lo tanto un sentido artístico le permitiría al educador acompañar el desarrollo del estudiante, ya que ningún sistema sería capaz de atender las necesidades de lo subjetivo y lo colectivo, pues constantemente se transforman en su paso por el tiempo, espacio y la producción de recursos tecnológicos que constantemente cambian nuestra realidad. Sin esta cualidad artística, cualquier sistema pedagógico languidece como dogmatismo.
El respeto frente a la libertad intrínseca que tenemos para desarrollarnos en cualquier ámbito también conduce a prescindir de los métodos didácticos usuales por caer en aparatos de desuso, como el renunciar a una aplicación precoz de elementos técnicos o la aplicación de ideologías gestadas en entornos completamente diferentes al nuestro, que básicamente paralizan la voluntad de tener iniciativa propia y vida propia, induciendo a la pasividad y a la ya mencionada indiferencia.
Encontrar espacios de diálogo transdisciplinares, retroactivos y con visibilidad para la participación de todos los agentes posibles en el encuentro que las pedagogías no artísticas pueden tener con las que sí lo son, no solo es necesario para la transformación y complementación de ambos entornos sino también, es urgente. Esto puede generar visiones de interés mutuo donde se puedan trabajar elementos de aprendizaje de suma importancia como las llamadas competencias transversales o genéricas, que son los conocimientos, habilidades, actitudes y recursos tecnológicos que se encuentran tanto en una clase de química, biología, música o arte plástico y que, como característica principal, son útiles y necesarias para nuestra cotidianeidad. Su estudio constante puede encontrar campos de trabajo creativo sin límites donde el pensamiento complejo, la planeación, el trabajo en equipo, la experimentación y el uso de herramientas imaginarias serían una constante para transformar las relaciones entre alumnos, disciplinas diversas, maestros, directivos, padres de familia, formas de comunicación y la sociedad en general.
Un caso particular de estas competencias es tratar de comprender pensamientos diferentes al nuestro en un tiempo donde las tendencias absolutistas suelen tomar como víctimas a jóvenes mentes cuyas únicas experiencias con la investigación, la búsqueda del conocimiento y la expresión auténtica de sus emociones, son a través de las redes sociales, sus tendencias y protagonistas, que muchas veces abordan temas trascendentes de una forma cómoda, fácil, mal informada o que suele prestarse a intereses demasiado subjetivos, perdiendo la capacidad vital que tenemos en la responsabilidad de ser con otros tan solo por compartir el mismo espacio y los mismos recursos vitales. Estudiar eso desde la química, la filosofía, la música, la pintura, las matemáticas o la dirección orquestal, construye aparatos para que el alumno vuelva significativa su experiencia de aprendizaje.
El arte, la capacidad expresiva, las herramientas educativas, las tendencias tecnológicas, la comunicación inter y transdisciplinar serán entonces, las llaves con las que podamos abrir las puertas de un futuro que tiene retos muy complicados para todos.
Referencias.
de Tavira, Luis (2007). El arte como educación. Revista Interamericana de Educación de Adultos, 29( ),191-197. [fecha de Consulta 23 de Septiembre de 2021]. ISSN: 0188-8838. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=457545100017
Palacios, Lourdes (2006). El valor del arte en el proceso educativo. REencuentro. Análisis de Problemas Universitarios, (46),0.[fecha de Consulta 23 de Septiembre de 2021]. ISSN: 0188-168X. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=34004607
Zimmermann, Heinz (2001). Waldorf-Pädagogik weltweit, Ed.: Freunde der Erziehungskunst
