Habiendo ya un par de películas que han hecho trabajos similares, lo que el equipo de La Bola ha decidido vender como su mayor atractivo es que intervinieron esos metrajes con Inteligencia Artificial (IA), coloreando el archivo con un software creado exclusivamente para la película y que lleva como nombre Adelita.
El proceso consistió en que los cineastas coloreaban manualmente los cincuenta fotogramas y, a partir de esto, el software coloreara el resto. La película también cuenta con recreaciones dramáticas que, viéndose en pantalla grande podrían parecer hechas totalmente con imagen generativa, pero que, según el equipo, fueron realizadas con actores a los que después se les sobrepusieron deepfakes de las figuras históricas que interpretaban.
La película fue estrenada en la edición 2026 del Festival Internacional de Cine de Guanajuato (GIFF), al que el año pasado le dediqué un texto en este mismo espacio sobre su creciente implementación de la IA en su programa, mismo que siguió siendo notable este año con filmes como éste y los cortometrajes hechos con esta tecnología. Aunque la cinta frecuentemente se refiere a sí misma en su propia narración, el tema de la IA no está presente más allá de la estética. La asociación ocurre exclusivamente en el terreno promocional y de foros de discusión, como el de la sección de preguntas y respuestas sobre la función que no se pudo llevar a cabo debido a retrasos de organización del GIFF.
Con la voz de Yalitza Aparicio (que parece estar narrando un comercial de hora y media) La Bola abre con escenas en blanco y negro que transicionan al color, con la narradora anunciando que estamos por ver la Revolución como la vieron quienes la filmaron, mientras aparece la mano de un granjero distorsionada por la velocidad alterada de los fotogramas y la colorización automática.
Tras esto, el documental abre varios frentes: cuenta los eventos de la Revolución y analiza las imágenes que se originaron en ella; al mismo tiempo, quiere presumir de su trabajo técnico en cuanto al coloreado del metraje y el diseño sonoro hecho con profesionales para que las imágenes estuvieran acompañadas de sonidos históricamente correctos. Hay entrevistas con académicos y figuras públicas que van y vienen para dar su análisis sobre la sociedad revolucionaria y sus consecuencias históricas y, de paso, el documental se avienta una resignificación de la Adelita y un retrato de su figura homónima, aquella de ‘la bola’, el populacho, la gente común que tomó protagonismo a comienzos del siglo xx.

Como recuento de la Revolución y a partir de sus metrajes, es muy similar a Memorias de un mexicano (Salvador & Carmen Toscano, 1950) o a La historia en la mirada (José Ramón Mikelajáuregui, 2011), dos películas que fueron hitos a su manera. La primera es un clásico recopilatorio de los metrajes de Salvador Toscano hecho por su hija, la cual también se vendió como un umbral tecnológico por su ralentización del metraje para evitar movimientos chaplinescos y darle una sensación más natural a las imágenes. Se estrenó a mitad del siglo xx, como una de las primeras veces en que el cine mexicano volteaba hacia el pasado tan activa y ambiciosamente. Por otro lado, el segundo filme (sin tener el estatus ni la fuerza que el primero) fue producido por la UNAM con ocasión del primer centenario del comienzo de la Revolución, la cual recorre con el metraje de los hermanos Alva.
Finalmente, La Bola, más que añadir narrativamente al recuento histórico, busca ser una intersección entre el ayer y el hoy, en específico entre las posibilidades de la imagen del pasado y la del presente, pensando en ellas tanto por sí mismas como por la Revolución en su totalidad. Para eso están las entrevistas cuyos participantes fueron seleccionados para que el documental no se inclinara por ninguna postura política concreta, siguiendo esa línea de lo ‘objetivo’ planteada inicialmente por el coloreo del pasado. Esto la convierte en una película políticamente tibia que, al querer abarcarlo todo sin hacer enojar a nadie, se queda en un terreno muy superficial y reiterativo.
El director, Alfonso Coronel, dice que la película tiene un propósito pedagógico de reintroducir la Revolución y sus imágenes al pensamiento nacional, pero al no ofrecer algo distintivo en términos de análisis ajena a las aportaciones de pasadas películas similares, La Bola parece encaminada a formar parte de la enorme e ignorada —en palabras de sus creadores— bibliografía histórica, aunque claro, es la intervención de las imágenes con IA lo que más distingue y llama a ver la película.
Contrario a la noción de descuido que evoca el uso de la Inteligencia Artificial, la colaboración con historiadores para captar los colores de la época, logra un trabajo de restauración innegablemente bello y admirable y, aunque no es una tecnología nueva pues desde hace tiempo las intervenciones sobre el blanco y negro están normalizadas, sí es un trabajo bien logrado.
El problema está en cómo se piensa la imagen en términos históricos y cinematográficos. La idea de que estamos viendo lo mismo que vieron quienes filmaron esas imágenes, además de ser falso, es arrogante. El cine es un medio de miradas, no de verdades, siendo todavía más disonante que una sentencia así abra una película que tanto cuestiona la naturaleza de los metrajes que muestra como aquellas batallas y tiroteos posiblemente montados para la cámara.

No quiero negar el trabajo histórico de su restauración, sino la intención de oficializar una mirada —sobre todo en cuanto van apareciendo imágenes cada vez más escabrosas— como las recreaciones dramáticas con deepfakes (no muy lejos de dramatizaciones del tipo History Channel), o peor aún, las tomas y fotografías en movimiento que sí están hechas con IA y que deberían poner en juicio su actitud de enseñar las cosas tal cual fueron. No son ‘memorias’ ni una ‘mirada’, es una declarada distorsión de la realidad con movimientos, voces y luces que nunca existieron echadas al mismo caldo que los esfuerzos académicos en los que se sustenta la película. Es un concebir común entre quienes frecuentan esas tecnologías: la IA como punto final.
Lo peor de todo es que La Bola no está tan anclada en su totalidad a la Inteligencia Artificial, como su promoción la hace parecer. Es una película confundida que se vende con amarillismo tecnológico para, seguido, resguardarse en su colaboración académica que ‘innova’ donde poco aporta; que pone en el mismo pedestal su bella restauración junto a horrendas imágenes de IA, y que declara como invisible a una ‘bola’ sobre la que vuelve a lo largo del filme, pues quiere darle su merecido lugar como protagonista del metraje, cuando está de más sabido que esa bola es uno de los grandes motores históricos a inicios del siglo xx.
Al final, la voz de comercial de Yalitza Aparicio nos afronta exclamando que solo podremos enfrentar el pasado una vez decidamos ver sus imágenes y cuestiona a la audiencia si está dispuesta a voltear a verlas… después de haber visto toda una película sobre esas imágenes. Como quien no conoce su pasado, como la IA y (a veces) como la historia misma: una regurgitación.

Título: La bola
Género: Documental
Dirección: Alfonso Coronel
Año: 2026
Duración: 97 min
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