Mis hermanos y yo salíamos corriendo hacia sus casas en cuanto comenzaban nuestras vacaciones de verano. En julio, León era verde por todos lados, como el agua de alfalfa que probamos fascinados por primera vez en la vida. Aquí, las enormes lluvias caían como agua bendita, mojaban la cantera rosa que adornaba las entradas de las casas, el río se llenaba hasta la orilla y las calles olían a pura vida.
En aquella época en la que las colonias La Martinica y León Moderno eran la frontera sur, los limones, guayabos y arrayanes crecían en pequeños patios que tenían vocación de huertos; los niños podíamos salir solos a la calle y correr al Parque México a buscar renacuajos de pequeños sapitos negros y diminutas ranas verdes.
Chilanga, como era yo entonces, adoraba la pandilla que armábamos con mis muchos primos, quienes se encargaron de educarnos (a mis hermanos y a mí) en los usos y costumbres de esta noble Villa, empezando, claro está, con el desayuno de carne ranchera: unos cuadritos de carne de cerdo dorada y cocida en una salsa casi negra de chiles secos tatemados y otras cosillas secretas que, acompañados de unos frijolitos cremosos y suaves, guisados con mantequita y adornados con una rajita de chile serrano frito y una rebanada de queso ranchero blanco y jugoso, podían revivir a un muerto. Recuerdo que entonces me sorprendieron y me encantaron esos frijolitos color de rosa, casi beige, tan distintos a los negros o rojos que se comen en el resto del país.
La blancura de las tortillas nos deslumbró con su lujo. En los días en los que mi tío iba a ver a sus padres, llegaban a la mesa unas tortillas delgadas, finas, elegantísimas, hechas a mano por la dulcísima abuela alteña que nos regalaba estas joyas en extinción. Entonces entendí que un leonés jamás de los jamases podrá comer las tortillas amarillas a las que yo estuve acostumbrada y de las cuales me he liberado desde hace más de cuatro décadas.
En León es blanca también la crema, tan espesa que una cuchara se puede clavar en medio del tarro y se queda derechita, como un soldado ¡cosa increíble y nunca vista! Blanca, la leche bronca que mi tía hervía cada tarde para obtener un plato sopero lleno de natas como nubes para los taquitos de capricho antes de la cena o para untar sobre la concha de pan dulce que compraba al panadero que pasaba en su camioneta con claxon de mugido de vaca, vehículo que sobrevivió hasta la década pasada. ‘La vaca’ llena de pan de La Central y los cielos morados de tormenta nos correteaban hasta llegar a casa antes del diluvio puntual de cada tarde.
Aquí el día amanece de buenas, en los cielos azules de la mañana hay nubes gordas y blancas, soles claritos que poco a poco se van mudando del dorado hasta el naranja brillante y al blanco absoluto, después otra vez al naranja, para terminar el espectáculo con un beso rosa sobre las paredes de las casas y los templos.
Todavía nos veo, en la mitad del día bajo calientes soles fuertes, cayendo a plomo por las calles del Centro y nosotros caminando rápido, brincando por las banquetas hasta llegar, sudando, a San Juan de Dios. Directo a las nieves de Don Nacho, con sus botes de madera. Mis favoritas han sido siempre las nieves de garambullo y de tuna cardona, sus tonos morados, rojos, fucsia, rosa intenso, aún hoy me llenan de emoción y me despiertan recuerdos bajo los inmensos laureles que tantas veces nos han protegido del calor tremendo del mediodía leonés.
Sobra decir que descubrimos el rojo del chile de árbol en la salsa sobre el chicharrón de las guacamayas de la Andrade, así como el oscuro secreto del vinagre de piña en el caldo de oso y el verde tenue del pepino en las chalupas con chilito del que pica y del que no… ¡Ah! y, un día de Dolores, ¡un agua de ensalada magenta sorprendente e inolvidable.
Enchiladas anaranjadas, fritas en manteca con su adobo de chile guajillo, rellenas de queso fresco, servidas con cuadritos de papa y zanahoria, lechuga en tiras finísimas, cebolla y chiles jalapeños en vinagre, con o sin pieza de pollo igualmente frito, en el codito de una calle negra. Taquitos al pastor, también anaranjados, pequeños y deliciosos en la esquina del ‘Eje’ y Libertad; gorditas doradas del Expiatorio, pozole blanco, verde o rojo de Los Arcos y suculencias parecidas cerraban el día.
Tiempos de primos, cuando la noche fresca traía hasta nuestra cama el perfume del huele de noche del patio o de la gran magnolia de la entrada. Los grillos cantaban, croaban las ranas y nuestras vidas discurrían despacio en una ciudad de colores que nos ha hecho muy felices desde entonces.
