Pensando su lugar en el tiempo y espacio, hay algo precisamente romántico en su manera de integrarse a la cotidianidad, en su manera de siempre existir, de pasar con ligereza conteniendo una peculiar materia que la sigue anclando a la vida. Escribir de telenovelas, en su forma más romántica, sí es como escribir del aire, del sueño, del ocio, del comer, del simple acto de detenerse y mirar.
La telenovela —desde su inicio en la radionovela— fue exitosa debido a que era el entretenimiento que las amas de casa tenían de fondo mientras hacían el quehacer. Y como el trabajo es cosa del día a día, al igual que las telenovelas, estas nunca tenían prisa por acabar: era una cita estirada que se regodeba en torpezas, cotidianidades, debraye y subtramas sin aparente fin, pues una vez acabase la telenovela, al siguiente día la jornada de sus televidentes continuaba.
Ese análisis social está muy presente en el gran cuerpo de trabajo académico sobre la Telenovela Latinoamericana: eso es, textos sequísimos pensados para que la Academia entienda la telenovela, que ya está comprendida popularmente de sobra.
Es interesante esa distancia entre el producto y quienes lo piensan: mientras la telenovela está hecha para pasar, el ensayo le pide detenerse, cosa que no puede hacer por lo que rara vez se verá un juicio profundo de una telenovela como pieza televisiva completa, casi siempre se escribe sobre ella como fenómeno social, preguntándonos qué dice de sus televidentes, de México, de Latinoamérica.
Escribir sobre novelas individuales es una tarea titánica para alguien que no está acostumbrado a ellas: demasiado largas, cursis, guiones y actuaciones acartonadas, aunque con su debido encanto. Incluso a quienes sí les interesan, darle tiempo a una novela para escribir de ella cuando termina es pensar en retrospectiva algo cuya audiencia ya vio lo que tenía que ver: la crítica que se basa en la recomendación, lo común al escribir sobre televisión, es casi inutil. Una telenovela pensada en retrospectiva es más bien un clásico: esas no ocupan del crítico para su preservación, tan solo de la retransmisión y rememoración.
Pero todo esto aplica principalmente hablando de la telenovela de antaño. En el panorama presente en el que la televisión viene en catálogo, el televidente no es un ente pasivo que mira lo que le ponen, sino que debe elegir la historia que verá. La crítica, que paralelamente es más visible, también podría tener más influencia en el devenir de esas historias.
Álvaro Cueva, quien a momento es de los críticos más populares en México, escribe frecuentemente sobre novelas. No lo hace a manera de producto completo, sino que, conforme va avanzando la misma serie, escribe múltiples textos: alguno para el inicio y la expectativa, el desarrollo para confirmar que vaya cumpliendo, y el clímax si la novela sostuvo el interés.
Álvaro Cueva no me gusta como crítico, quizá porque escribe como si lo hiciera para su estado en redes sociales o por la vergonzosa defensa que hizo de Emilia Pérez. Pero respeto que sea de los pocos críticos con visibilidad que le da su espacio en la letra a un género que tanto acapara la mente de nuestras audiencias. No tenerle agrandaría esta, ya de por sí, gran laguna.
De similar manera, pero pensando en la telenovela del pasado, Florence Toussaint Alcaraz escribió nota telenovelesca para Proceso por más de 20 años. En su libro De Gutierritos a Nada Personal hace un repaso por el desarrollo de las novelas (en paralelo a sus escritos en Proceso). Quizás se considere más periodista de medios que crítica, pero me gusta su manera tan esqueletal de describir las novelas del entonces: el lenguaje visual, la técnica actoral, la producción, el desarrollo de los personajes y los retratos tan sociales, históricos o psicológicos. Es un lenguaje poco floral desde el que la mayoría de las veces despotrica contra telenovelas que hoy son clásicos, pero, al mismo tiempo, demuestra que toma con seriedad el formato: cuando le avienta sus flores a las telenovelas que personalmente le atrapan, uno queda igualmente atrapado. Su pluma porta una lucidez poco común, respetando toda imagen.
Si escribo que pensar la telenovela es pensar como el aire, es quizás para darle más peso a algo que, personalmente, no lo tiene. Pero si escribo sobre alguien como Toussaint y su cuerpo de trabajo, es porque las telenovelas sí tienen peso como arte: llámese social o industrial, la cosa es que son imágenes que nos repercuten como pocas y a las que no muchas plumas han mostrado sensibilidad y tiempo.
La idea no es ver más telenovelas, la mayoría de verdad son malas, pero queda la pregunta de si existe en ellas alguna gran obra a descubrir, si es puro entretenimiento, si eso importa. Es escribir sobre aire porque yo no tengo las herramientas para responder. La telenovela está por ahí flotando, de boca en boca, de tele en tele. Si no es aire, es algo en el aire. Cobra peso, se torna palpable: algunos tan solo lo sabemos. Muchos tantos lo sienten.
