En el primer cuarto del siglo XXI, la experiencia de consumir arte ha cambiado de manera significativa debido a tantos y tantos factores, entre ellos podemos encontrar la convergencia de la tecnología, la globalización y las nuevas dinámicas sociales. Puede o no gustarnos pero es imposible evadir dicha realidad.
Los museos, por ejemplo, tradicionalmente espacios físicos, han evolucionado hacia plataformas híbridas que combinan la experiencia presencial con la digital. Hoy en día, es posible explorar colecciones completas desde cualquier parte del mundo gracias a visitas virtuales y aplicaciones interactivas. Instituciones como el Museo del Louvre o el MoMA han puesto a disposición de los usuarios recorridos en línea, permitiendo que el arte trascienda las barreras geográficas. Además, tecnologías como la realidad aumentada (AR) y la realidad virtual (VR) han transformado las exposiciones en experiencias inmersivas, donde el espectador no solo observa, sino que interactúa con las obras.
Este fenómeno también ha permitido una mayor inclusión, pues personas que antes no tenían acceso a los museos debido a limitaciones económicas, de movilidad o distancia, ahora pueden disfrutar del arte desde la comodidad de sus hogares. Sin embargo, este tipo de dinámicas —en todas las manifestaciones— plantean cuestionamientos sobre las experiencias artísticas, su autenticidad principalmente. Es obvio que no es lo mismo, pero… ¿es peor?, ¿se acerca un poco a la emoción del arte presencial?
En el mundo de la literatura también se ha experimentado una revolución. Los libros electrónicos y las plataformas de lectura digital, como Kindle y Wattpad —que no son nada nuevo—, continúan cambiando la forma en que accedemos a los textos. Por un lado, los e-books ofrecen conveniencia y accesibilidad, con bibliotecas enteras disponibles en dispositivos portátiles. Por otro lado, claro que existe un movimiento de resistencia que aboga y lucha por preservar el libro físico como objeto cultural, valorando la experiencia que implica pasar las páginas, sentir el peso del volumen y oler la tinta y el papel. Desde hace años se piensa en que esto podría ser una realidad cercana, para los amantes de los libros, es una fortuna que aún no suceda.
En otro sentido, la autopublicación y las redes sociales han permitido que autores y autoras independientes encuentren audiencias globales sin necesidad de editoriales tradicionales, lo que ha diversificado las voces y los estilos de todo el mundo, aunque también ha inundado el mercado con una oferta tan amplia que puede resultar abrumadora. Cada vez se vuelve más difícil elegir una lectura, pero es una oportunidad que permite acercarnos a muchas realidades que necesitan ser vistas y entendidas, así como adentrarse a mundos cada vez más complejos e increíbles nacidos gracias a la gran imaginación de mentes de todos los rincones del planeta.
Respecto a la música, muy lejos quedó el tiempo en que en los hogares existían grandes equipos para disfrutar de las canciones preferidas: los estéreos, el teatro en casa, grabadoras portátiles —para habitaciones más pequeñas— con su AM y FM, y las posibilidades del casete y los cds, por supuesto. Todo eso fue suplido por aparatos individuales como los iPods, que incluso hoy en día ya podrían considerarse como arcaicos.
El streaming ha redefinido cómo consumimos la música; plataformas como Spotify, Apple Music y YouTube, entre muchas más, han eliminado la necesidad de poseer materiales físicos, democratizando —en teoría— el acceso a millones de canciones y otros productos audibles como los libros y los podcast, que los hay de todo y para todos.
Esto ha llevado a un cambio en la manera en que los artistas producen y distribuyen su obra, priorizando sencillos sobre álbumes completos con la idea de mantenerse relevantes en un ecosistema dominado por algoritmos y listas de reproducción personalizadas. Sin embargo, este modelo también ha suscitado debates sobre la remuneración justa para sus creadores, quienes a menudo reciben una mínima fracción de las ganancias generadas por sus reproducciones.
La música en vivo es otra de las opciones para disfrutar de experiencias musicales, conciertos que en muchas ocasiones van más allá de la simple manifestación musical, pues, casi desde sus inicios, son espacios para compartir mensajes e ideales y crear comunidades. Estos se mantienen y además han evolucionado, pues la pandemia de COVID-19 impulsó, y obligó, nuevas formas de interacción a través de los conciertos virtuales, mismos que aún se pueden encontrar vigentes. Es por ello que la música en vivo sigue siendo una experiencia única y valorada, aún cuando se viva desde casa.
Hablando del streaming y la tecnología, el cine y el teatro son disciplinas que se han visto profundamente impactadas. Las plataformas como Netflix, Amazon Prime y Disney+ han cambiado el paradigma del entretenimiento, ofreciendo estrenos de grandes producciones de manera exclusiva para sus suscriptores sin la necesidad de llegar a las salas de cine, siendo pocos los que se estrenan de manera simultánea. La comodidad de ver películas desde casa —y la gran oferta que incluye: series, novelas, conciertos y demás— ha transformado la experiencia colectiva de asistir a una sala de cine; aunque también tiene sus defectos, como la inclusión de constantes comerciales en suscripciones básicas que más bien hacen recordar a cualquier programación televisiva.
En el teatro, la pandemia también aceleró la transmisión de obras en línea, haciendo que compañías teatrales encontraran nuevas audiencias. Sin embargo, el teatro sigue siendo un arte que depende en gran medida del aquí y el ahora, de un vínculo directo entre actores y espectadores, lo que hace nuevamente preguntarse y reflexionar sobre las experiencias virtuales y las presenciales, cada cual es única, pero ¿ambas son necesarias?, ¿ambas permanecerán?
No cabe duda que este primer cuarto de siglo ha sido testigo de cambios sin precedentes en el conocimiento, disfrute y acceso a las manifestaciones artísticas y culturales; es probable que nunca antes tantas personas habíamos tenido la posibilidad de consumir obras literarias, musicales, visuales y escénicas de manera tan cercana, fácil e inmediata. Esas nuevas formas no siempre son bien aceptadas por quienes han, o hemos, vivido —y quienes crean— el arte de maneras tradicionales, hay renuencia por supuesto a dejarse llevar por las nuevas experiencias. A medida que avanzamos, por supuesto, se vuelve relevante encontrar un equilibrio entre aprovechar las innovaciones tecnológicas y preservar la esencia que convierte al arte en una experiencia profundamente humana: la conexión, la emoción y la capacidad de transformar nuestra manera de ver el mundo.