La vi mover su mirada de la ciudad hacia el cielo. Sus palabras trajeron a mí el mar, y como en el paisaje no había mar, también miré el cielo. Fue entonces que comprendí por qué miraba el cielo, ese otro mar nostálgico e interminable.
Con todo el cielo sobre el rostro fue que recordé esa frase: <<Para verme el rostro tienes que cruzar el mar>>. No era la primera vez que me la decía, un par de ocasiones había soñado con ella y en ninguna de esas veces le había podido mirar el rostro, en cuanto hacía el rodeo para vérselo despertaba en la realidad. En uno de los sueños, con una voz trémula le pregunte: << ¿Acaso existes en la realidad?>>. Y ella dijo que sí.
Existía en la ciudad azul, cobijada por las montañas del Rif. En los manantiales de Ras el-Ma, donde solía bañarse y verse el rostro. Dijo que el agua era tan cristalina que podía percibir la tristeza que salía de sus ojos, una tristeza que se acrecentaba día a día porque no iba en su busca. Que después de pasar horas viéndose la tristeza tomaba una ramita y dibujaba los cuerpos geométricos que aprendió cuando era más niña, esos dibujos en la tierra blanda le hacían olvidar un poco lo que querían hacer sus padres con ella. <<Es la tradición –dijo en aquel sueño–. Recuerdo la primera vez que escuché esas palabras. Eran dichas a mi hermana, pero sabía que algún día me las dirían a mí>>. <<Ahora lo recuerdo – dije–. Fue en el primer o segundo sueño que lo mencionaste por primera vez>>. <<Fue el primero –dijo ella ladeando un poco la cabeza, como para que las palabras fueran mejor escuchadas, pero sin dejarse ver, ni siquiera un poco el rostro–. El día que me enteré que mis padres me buscaban marido. El escucharlo hizo que se me ahogaran las palabras en la boca, las piernas me temblaban como si se me fuesen a desmoronar. Sentí como si de la impresión y el miedo me naciera un fuego en el vientre. Me dieron tantas ganas de vomitar ese fuego, pero no pude, fue inútil. Llena de miedo me acosté sobre mi petate. Cerré los ojos, los abrí. Entonces soñé contigo>>.
Y su rostro de pronto viró más de lo acostumbrado que alcancé a admirar una de sus pestañas. Tenía una perfecta ondulación y un negror como no lo es ninguno si no lo estimula y ayuda el pensamiento. Y aunque seguía hablando, yo no prestaba atención a sus palabras, solo miraba el poco rostro que me entregaba, el cual parecía dormir en su larga cabellera. Algo que hizo me sacó de la redoma, entonces escuché: <<Conozco ese silencio –dijo apenas sonriendo–. Es el silencio del pensamiento>>. Me atreví a decir: <<Estás en lo cierto; pensaba. Pensaba que debes ser la mujer más bella de la tierra>>.
Ya estaba dicho y me estremecí por mi propia audacia. De nuevo viró lo suficiente para percibir el nacimiento de otra sonrisa. Me confesó que se había escapado de noche porque escuchó una voz que se lo había mandado. La voz le había dicho todo lo que tenía que hacer. Le dijo que se colocara frente a la ciudad azul, a la espera de ser soñada por un joven que iría en su busca.
<<Tú eres ese joven que entra en mis sueños…>>. Yo la miraba mientras sus palabras entraban en mí, como entra en el cántaro el agua. Estaba ya con la mirada nuevamente en la ciudad azul, y aún sin yo mirarle los ojos sabía que miraba la ciudad con inmensa esperanza: <<…por eso tienes que venir o pronto me encontrarán. Hasta ahora la Providencia ha sido buena conmigo. Se las ha ingeniado para que encuentre que comer, y ha dispuesto los manantiales para saciar mi sed>>.
Elevó los ojos al cielo, como si con ellos quisiera tocarlo. Por un rato estuvo así, con los ojos en el cielo, luego bajó la mirada y dijo añorante: <<Del pueblo que dejé, solo extraño a mi hermana. La última vez que la vi tenía los ojos muertos por la tristeza. Que otros ojos podía tener, si el que pagó por ella tenía la mala sombra>>.
Contó lo risueña que su hermana era antes de ser vendida, lo rápida y curiosa que era para las cosas. Yo iba a preguntar algo, pero me instó a callar haciendo un ruido sigiloso con el dedo índice entre los labios. << ¿Escuchaste eso?>>. Viré para todos lados, como si los que oyeran fueran mis ojos. <<No escuché nada –dije, no sin dejar de esforzarme para escuchar cualquier ruido. <<Acabas de darte vuelta en la cama. Pronto despertarás –dijo con voz lenta y triste.
De pronto nacieron los ruidos, tan frágiles por la lejanía. <<Es verdad. Eso quiere decir que iré a buscarte>>.
