En este texto me referiré de forma sencilla y breve sobre cómo podemos abordar la oralidad en el concepto del rescate de la historia, es decir, esas pequeñas narraciones que van formando los hilos que tejen la historia y patrimonio intangible en una comunidad.
De acuerdo con expertos, cuando conocemos el inmenso legado de la tradición oral dotamos a las personas de herramientas para rescatar, conocer y fortalecer la historia regional¹, es decir, al utilizar esa herramienta humana innata que es la oralidad, se transmite y fortalece la identidad de una comunidad (del tamaño que ésta sea) a través del relato; y es que desde los orígenes de la humanidad, las personas han narrado sus acciones, hazañas, tradiciones sociales y recuerdos familiares en sus comunidades, mediante el relato oral.
Por lo tanto, podemos deducir un aspecto que me parece importantísimo: la oralidad es primordial para la construcción de los conocimientos de los pueblos, debido a que proporciona pilares en los que han de respaldarse para conocer los sucesos y acontecimientos que muchas veces han sido obviados de la documentación escrita². Pero también vemos que en el ámbito de la interpretación histórica, de su construcción y su escritura, estos sucesos van enmarcados de los eventos propios de su tiempo en las características de la localidad, la región y el país, a lo que debemos sumar la interpretación individual. La oralidad es por lo tanto, una de las formas de interacción social más antiguas que conocemos, además de ser una de las más importantes.
Aunque debemos tomar en cuenta otro aspecto relevante que incluso merece un tema de estudio aparte, y es el que se refiere a la evolución misma de las sociedades, evolución que toca hasta las fibras más tradicionales y antiguas de la actuación humana; efectivamente, me refiero a la escritura. Esto lo explica de forma magistral el educador, lingüista y filósofo Walter Jackson Ong, sacerdote jesuita que dedicó gran parte de su interés académico en el estudio de la transición de la oralidad a la escritura. Ong precisa que hay dos oralidades: la primaria, que es la que carece de toda manifestación de la escritura, y la secundaria, que es nueva y tiene que ver con la tecnología actual, manifestada a través de los teléfonos, radio, televisión y otros aparatos tecnológicos, que para su existencia dependen de la escritura³. Estos dos puntos de vista que pudieran parecer opuestos se convierten juntos en una herramienta poderosa si de rescatar la historia se refiere, ya que a través de la escritura, como elemento tangible, podemos perpetuar y, al menos manifestar, el relato intangible desde lo oral.
Con todo lo anterior como antecedente, sin duda surgen muchas incógnitas para determinar cómo podemos rescatar los hechos históricos a partir de la oralidad. Para este caso, la mejor forma que se me ocurre es abordar el tema desde experiencias personales, citando un ejemplo que quiero compartirles de mi encuentro con documentos creados a partir de la oralidad, tal es el caso de la bibliografía de historia de León, que desde mi percepción es en gran medida desconocida, pero que, por fortuna, cuenta con un generoso número de títulos de los que podemos rescatar un considerable número de textos integrados, en mayor parte o en su totalidad, a partir de narraciones orales.
Si hablamos de hechos históricos a partir de la oralidad, un buen ejemplo es el de los sucesos durante la inundación de León en 1888. Los documentos que se conservan nos transmiten una gran cantidad de datos que nos permiten conocer un panorama general ─y a veces particular─ para recrear los acontecimientos de ese día; pero, por fortuna, existen otros testimonios que en su momento fueron transmitidos de forma oral. Algunas personas que vivieron el drama de ese día decidieron contar su historia, misma que llegó a nosotros a través del tiempo. Un caso de los relatos de la inundación fue conservado por la familia del Ingeniero Enrique O. Aranda que, en su generosidad, compartió con la investigación sobre la inundación que hace algunas décadas hacían el joven Mariano González Leal y mi abuelo, Antonio Malacara, y que fue publicado con el título León y sus inundaciones, primeramente en el periódico El Sol de León y luego en una edición que publicó⁴ la Presidencia Municipal en el marco de los festejos por los 400 años de la fundación de León.
Ese testimonio fue vivido por un afectado de la inundación y escrito en algún momento, quedando así para la posteridad; lo importante radica en que la persona cuenta su historia. Hace manifiesto esta herramienta ancestral de la que hablamos como oralidad, en la que preserva, a través de su testimonio, lo que vio, sintió y vivió. Porque una de las grandes oportunidades que tienen los relatos orales para el rescate de lo histórico es que en la oralidad se pueden transmitir las emociones, los recuerdos, los detalles puntuales que cada persona o comunidad quiere enfatizar y además se puede destacar la relevancia o simplicidad de un acontecimiento a través de la acentuación, del volumen de voz, del tono de la voz, de la postura, ademanes corporales, entre muchas otras variables.
Como decía, el relato al que hacemos referencia quedó integrado como parte medular del cuerpo del texto del libro León y sus inundaciones y para comprender mejor su relevancia, cito aquí dos párrafos que me parecen buenos ejemplos:
“Las aguas se precipitaron rugientes por las calles, convirtiéndolas en caudalosos torrentes, que era imposible atravesar. ¡El monstruo había sorprendido a la Ciudad dormida y oprimiéndola en sus gigantescos anillos se disponía a devorarla lentamente, recreándose en su agonía! La confusión entonces fue espantosa; los que habían sido arrancados de las dulzuras del sueño por los golpes que los serenos daban a las puertas de las casas para prevenir a sus moradores del peligro que corrían, se asomaban despavoridos, convulsos, a las ventanas y balcones y miraban con ojos espantados subir el agua de las calles…”.⁵
Y más adelante continúa diciendo:
“Los vecinos, por el contrario, se subieron a las azoteas y creyendo que las viviendas de la Venta prestarían más solidez, se pasaron a ellas. Desgraciadamente no fue así, los techos de las accesorias eran débiles y no pudieron soportar el peso de los que habían buscado en ellos refugio. Se desplomaron con estrépito, sobre los que estaban debajo. La escena que entonces tuvo lugar, fue espantosa. Gritos ahogados, llantos desesperados de mujeres y niños. Gemidos dolorosos, maldiciones, blasfemias, se oían debajo de los escombros. Los que estaban encima, magullados, espantados y traspasados de dolor por los sufrimientos que adivinaban bajo sus pies, querían huir, querían prestar auxilio a los que habían aplastado y todo era confusión, terror y gemidos…”⁶.
Más allá de lo desgarrador del escrito, podemos ver en el relato aspectos tan íntimos y personales, tan detallados y tan significativos, como la narración oral lo sabe hacer. Incluso en la lectura se pueden sentir los momentos de tensión o de tristeza que el narrador, testigo viviente del suceso, transmitió a la persona que escuchó y escribió. Como lo decíamos en párrafos anteriores, las historias y vivencias son parte de la identidad y patrimonio de una comunidad, de forma intangible. De modo que la oralidad es determinante para poderla materializar, incluso escribir. En otras palabras, al hacerlos tangibles, procuramos preservarlos para la historia.
Además del relato oral, las diversas formas de transmitir conocimientos, como: las entrevistas, los escritos personales, los cuentos, los conversatorios, las canciones, las leyendas, los mitos, entre muchos otros, son fundamentales para transmitir vivas las culturas, perpetuando los valores propios de una sociedad y la memoria colectiva. Un ejercicio simple, pero muy valioso en mi experiencia, es que nos acerquemos a un familiar adulto, adulto mayor, de ser posible, interesarnos por su historia e invitarle a que nos platique el nombre de sus papás, de sus abuelos, los platillos que preparaban, los días de campo y un sinfín de temas que son la materia con que se nutre nuestra historia a través de la oralidad.
Mucho hay que escribir y confío en que este texto motive a las y los lectores a rescatar historias, que seguro serán sorprendentes.
[1] Linares, Joffred y Jesús Montero, La oralidad como elemento del rescate de la historia regional en el poblado de San Lázaro de Trujillo, Perspectivas. Revista de historia, geografía, arte y cultura, (Año 4 no. 7 ene-jul 2016), Cabimas, Universidad Nacional Experimental Rafael María Baralt, 2016.
[2] Linares, Joffred y Jesús Montero, Op. Cit.
[3] Ong, Walter J. Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra, F.C.E., México, 1987.
[4] Para obtener una copia digital del libro León y sus inundaciones, por favor escribe a manriquedemalacara@gmail.com
[5] Malacara Moncayo, Antonio y Mariano González Leal, León y sus inundaciones, Presidencia Municipal de León, León, 1976.
[6] Malacara, González, Op. Cit.
