INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

La televisión mexicana: espejo de nuestra identidad

Lo que comenzó como un punto de unión, transformó la forma en que entendemos quiénes somos como mexicanos.
/assets/images/placeholder.png
Luis Fernando García
La llegada de la televisión a México marcó una de las transformaciones sociales más profundas del siglo XX. La caja luminosa ocupó un rincón privilegiado en la sala de los hogares y rápidamente se convirtió en el nuevo centro de reunión, en el ‘fuego’ moderno alrededor del cual las familias mexicanas se congregaban para compartir historias, risas y silencios. Su llegada no solo trajo entretenimiento, también una nueva forma de mirar el mundo sin salir de casa.

Una ventana al mundo desde casa

Antes de la televisión, las familias se reunían en torno a la radio, salían a la plaza, al cine o al teatro; pero con el televisor, el entretenimiento se instaló dentro del hogar. Aquel aparato pesado y de bulbos que tardaba varios segundos en encender, se convirtió en un símbolo de modernidad y unión. Imaginemos un domingo de noviembre de 1967: la familia reunida en pijama frente al televisor para ver En familia con Chabelo, un programa que marcó generaciones. No había control remoto, así que cambiar de canal implicaba levantarse para girar una perilla, generando pequeñas discusiones y risas. Ver televisión era una actividad compartida, un ritual doméstico que fortalecía los lazos familiares y vecinales.

Con el paso del tiempo, esa convivencia comenzó a cambiar. La televisión se convirtió en una presencia constante que sustituyó otras formas de diálogo y esparcimiento: la lectura, la conversación, los juegos en la calle. Lo que unió, también empezó a silenciar.

Durante los años 60 y 70, la televisión mexicana se consolidó como una poderosa herramienta cultural. Los programas familiares y las telenovelas no solo entretenían: moldeaban una idea colectiva de lo que significaba ‘ser mexicano’. En la pantalla se representaba una sociedad aspiracional donde la familia era el núcleo y los valores tradicionales predominaban. Programas como El club del hogar, Siempre en domingo o En familia con Chabelo construyeron imágenes entrañables de unión, inocencia y esperanza, que marcaron la memoria de millones.

En ese contexto, la televisión también se convirtió en una ‘niñera electrónica’. Las infancias crecieron frente a ella aprendiendo canciones, valores y formas de comportamiento. Pero el rol de niño que los productores imaginaban era casi siempre una figura idealizada: urbana, educada y obediente. Los programas de televisión proponían al infante de los 50 en un mundo de fantasía, armonía familiar y ensueño. No había espacio para el niño indígena, campesino o de zonas vulnerables. Esa exclusión simbólica sembró una distancia que, con el tiempo, generaría nuevas formas de rebeldía juvenil. La televisión, sin proponérselo, también reflejó las desigualdades de un país que soñaba con modernizarse.

A la par, México empezó a exportar su identidad a través de la televisión. Personajes como Cantinflas y El Chavo del 8 cruzaron fronteras y se volvieron íconos latinoamericanos. En ellos, millones de espectadores reconocieron algo profundamente mexicano: el humor frente a la adversidad, la calidez del barrio, la picardía y la solidaridad. Las series y telenovelas difundieron nuestra música, nuestras expresiones y nuestra manera de entender el mundo. 

Así, la televisión mexicana no solo fue un reflejo de nosotros mismos, sino que también enseñó al mundo quiénes somos.

El poder del espectáculo

Desde sus inicios, la televisión mexicana entendió su vocación: entretener, vender y distraer. Después de largas jornadas de trabajo, el público encontraba un refugio en ella para olvidar los problemas cotidianos a través de las pasiones que despertaban los concursos, los melodramas o los noticieros que reflejaban las aspiraciones y las frustraciones de una sociedad que buscaba progreso.

Los programas de concursos mostraban el anhelo de mejorar la calidad de vida: personas dispuestas a esforzarse o incluso desvalorizarse ante las cámaras por obtener reconocimiento o estabilidad económica. En el fondo, se trataba del mismo sueño: alcanzar el bienestar familiar.

La televisión también se convirtió en la gran fábrica de ídolos. Siempre en domingo lanzó al estrellato a artistas que definieron la música en español durante décadas. La pantalla chica fue el escenario donde se forjaron las estrellas de la cultura popular mexicana, y el escaparate donde se consolidó una industria del entretenimiento que trascendió generaciones.

Claro que no todo fue celebración. Muchos intelectuales acusaron a la televisión de enajenar, masificar y simplificar el pensamiento. La palabra diversión, después de todo, viene del latín «divertere»: fragmentar, desviar, dividir. Pero, más allá de sus excesos, el medio también fue vehículo de educación y creatividad. Programas como Plaza Sésamo demostraron que la televisión podía enseñar, integrar y estimular la imaginación infantil si se usaba con propósito.

Del televisor al streaming: nuevas formas de mirar

Con el paso del tiempo, el televisor dejó de ser el centro familiar. Hoy sigue en la sala, pero ya no convoca. La pantalla se multiplicó: cada miembro de la familia mira lo suyo desde su propio dispositivo. La televisión, antes colectiva, se volvió individual. La programación ya no se impone, se elige.

Las nuevas generaciones no utilizan el televisor para sintonizar canales sino para acceder a plataformas de streaming como Netflix, MUBI, Disney+, Prime Video y un largo etcétera. Prefieren los contenidos globales, las series internacionales y los formatos digitales. La televisión abierta, con su horario fijo y su programación local, ha perdido presencia en sus hábitos cotidianos.

Aun así, el espíritu de la televisión —ese deseo de contar y conectar— sigue vivo. Muchos creadores mexicanos han encontrado en las plataformas digitales un espacio para mostrar su talento, explorar temas sociales y difundir la cultura regional. Hoy, lo que antes dependía de una televisora puede surgir desde un canal de YouTube o una serie independiente. La tecnología cambió, pero el impulso creativo sigue siendo el mismo.

La televisión fue más que un invento: fue un espejo donde aprendimos a vernos como sociedad. Nos enseñó a soñar en blanco y negro (inicialmente), a emocionarnos con historias que reflejaban nuestros valores y a reconocernos en el rostro de otros. Hoy, ese espejo está fragmentado en miles de pantallas, pero la necesidad de mirarnos y contarnos sigue intacta.

En tiempos donde todo se globaliza y las fronteras culturales parecen diluirse, quizá la televisión —en cualquiera de sus formas— aún tenga algo que decirnos sobre quiénes somos.

La pregunta queda abierta:
¿Podrá este medio, nacido para reunirnos frente a una sola historia, seguir profundizando el sentimiento de mexicanidad entre las nuevas generaciones? El tiempo lo dirá.

Referencias: