El vals surgió a finales del siglo XVIII e inicios del XIX en las zonas campesinas de Alemania y pronto se asentó en Austria, donde alcanzó su mayor auge alrededor de 1860, en gran medida gracias a Johann Strauss II.
A México llegó hacia 1804-18081 como un baile exclusivo de la aristocracia, pero también arribó escandalizando por lo que implicaba: un baile donde las parejas se abrazaban. Tanta fue la incomodidad que logró causar que incluso el bachiller Lorenzo Guerrero envió una carta a la Inquisición para desacreditarlo y pedir que lo prohibieran, en 1815.

“Quienes practican este baile, corrompiendo con su mal ejemplo y atrayéndose por medio de su libertinaje a los que, con su natural candor y sin malicia, siguen incautos sus pisadas por no conocer el veneno que encierran en sus devaneos, pasatiempos y bailes indecentes al que se entregan licenciosamente.
(...)
Los patronos que lo defienden y ejecutan no son tan solamente hombres vulgares y dados a la libertad, más también sujetos de distinción, carácter, entregándose a él tan preocupados, que para comenzar a bailar toman a su compañera de la mano, siendo esto, entre muchas parejas de hombres y mujeres de todos estados. Comienzan a dar vueltas como locos, se van enlazando cada uno con la suya, de manera que la sala donde se ejecuta, el enredo que forman, figura una máquina a la manera de los tornos que usan los que fabrican la seda y no sin propiedad y sí con sobrada malicia, inventaron tal artificio, pues es una verdadera y bien acomodada máquina donde traman y urden el modo de engañar y corromper a las jóvenes inocentes, atrayéndoles la voluntad con dichos estimulantes, sin temor de que profana con ello su honestidad, antes bien continúan variando muchas posturas indecorosas y torpes manoseos (…)”.2
Estos son unos fragmentos de la misiva escrita por el bachiller, pero, muy a su pesar, el vals se impuso en la entonces Nueva España y, más adelante, durante el Segundo Imperio Mexicano, con Maximiliano y Carlota, tendría un mayor auge, ya que ambos eran asiduos a celebrar bailes, y a este género.

Durante el Segundo Imperio Mexicano —y debido, en gran parte, a los gustos musicales del emperador Maximiliano de Habsburgo—, el vals se fue insertando dentro de los sectores de la alta sociedad mexicana. Asimismo, al ser piezas de música de una longitud breve, fue más accesible su publicación, siendo el género más editado por las diversas casas de música del país, durante mediados del siglo XIX.3
Incluso, la emperatriz Carlota celebraba tertulias los días lunes y, para la celebración del segundo aniversario de la proclamación de la Monarquía, el 10 de julio de 1865, se llevó a cabo el gran Baile Imperial en el entonces Palacio Imperial, actual Palacio Nacional. De acuerdo con documentos que abordan el tema, ese día las y los invitados comenzaron a arribar al lugar alrededor de las 8:00 de la noche y la celebración siguió hasta pasada la medianoche.
Rivera Campas describió este mismo baile de la siguiente manera:
Comenzó cerca de las nueve con la cuadrilla de honor, en la que Maximiliano bailó con la esposa del general Bazaine y éste con la Emperatriz, figurando en el mismo grupo el gran Mariscal de la Corte, el gran Maestro de Ceremonias, los ministros de Austria, Francia y Bélgica, Inglaterra, España e Italia y otros representantes extranjeros, y algunas damas de honor y de Palacio. Los salones, las escaleras, los corredores y el comedor en el que fue servida la mesa con magnificencia, estaban adornados e iluminados con profusión y buen gusto. Los Emperadores se retiraron a las doce de la noche, a cuya hora terminó la fiesta… (Rivera Cambas: 31).4
Esta celebración no podía pasarse por alto en los periódicos de la época y, dos días después, el Diario del Imperio publicó la nota del baile monárquico.
El tiempo pasó y grandes hechos históricos ocurrieron en nuestro país, pero el vals se mantuvo presente.
Porfirio Díaz llegó al poder y el piano, imprescindible para la música de baile de salón, se convirtió en el instrumento favorito de los hogares aristocráticos del porfiriato.
Fue también durante esta época que surgieron grandes compositores de valses, como el gran Juventino Rosas y su obra Sobre las olas, considerada la más famosa de México en este género.

Pero, de acuerdo con el antropólogo Jesús Jáuregui, el vals se mexicanizó y no sólo había vals para bailar, también para escuchar. La apropiación de este género se caracterizó “por sus tiempos pausados, su carácter lánguido y su apagado brillo instrumental. Si se le compara con el explosivo vals vienés, destaca el carácter más íntimo de sus melodías y cierto clima más de añoranza que de vitalidad rítmica”.5
Jáuregui destaca también la intervención del mariachi en el vals, así como su uso eclesiástico, derivando en minuetes y mencionando piezas utilizadas como plegarias en veladas para santos y en las ‘velaciones de angelitos’ (infantes fallecidos).

En éste último ritual “se hace una cosa semejante a la de la velada de los santos, también es desde atardecer hasta amanecer. A la medianoche, justo a la medianoche, se toca una pieza especial que se llama Parabienes, pero, entonces también se tocan los minuetes y también se alternan valses”. 6
El antropólogo del INAH señala que, aunque no existen estudios sobre el vals en México, el país sí tuvo una gran producción de obras de este género y, aunque se desconoce la cifra exacta de composiciones, refiere que pueden haber entre 10 mil y 15 mil valses, el cual tuvo su declive en Europa con la caída del imperio austro húngaro; mientras que en México fue derivado de la Revolución mexicana.
Pese a ya no tener una gran popularidad, el vals siguió presente en nuestro país e, incluso, Agustín Lara creó varios valses y, de alguna forma, permanece hasta nuestros días a través del mariachi y en cada fiesta de XV años, cuando la quinceañera hace su debut con un infaltable vals.Referencias