El código de vestimenta para asistir a un wiener walzer (vals vienés) no fue, ni es, poca cosa; no sólo porque había que vestirse de gala, sino porque también existían detalles en las prendas y los accesorios que, si no se atendían, podían dejar fuera del gran evento a quien intentaba pasar una velada de música y baile.
Durante los años en que El danubio azul estaba en su auge, los bailes a compás de ¾ se popularizaron entre las élites europeas. Por lo que, para ingresar a estas fiestas donde reinaban las coreografías en las que desaparecía la distancia entre las parejas, era necesario seguir un código de vestimenta que reflejara la riqueza y el buen gusto —sea lo que sea que significara en aquel entonces—.
A los hombres se les exigía el uso de smoking o frac (idealmente negro), camisa con pechera (pajarita, como la conocemos en México) y corbata en el mismo tono claro, de ser posible, blanco. Esto, combinado con zapatos negros bien boleados y sin lazos (cintas), preferentemente. El atuendo se complementaba con el uso de gemelos y un pañuelo de bolsillo.
Por su parte, a las mujeres se les esperaba luciendo vestidos de gala de telas ligeras y brillantes (como seda o satín), con faldas de un largo a ras del suelo, en cortes semicirculares y adornos intrincados, como lentejuelas o encaje. Y esto no era pura moda, el objetivo era que la mujer tuviera libertad de movimiento y que el outfit luciera con cada vuelta que las coreógrafas de la época marcaban.
A la par, podían completar el atuendo con accesorios como joyas, tiaras y listones. Además, se esperaba que usarán zapato cerrado de tacón bajo para evitar incomodidades y accidentes, así como guantes largos para reflejar refinamiento.
Si bien estos bailes tuvieron su protagonismo a finales del siglo XVIII, aún se preservan en palacios de varios países de la Unión Europea, y por supuesto que uno de ellos es Austria, con el Kaffeesiederballs y el Baile de la Ópera, celebrados anualmente en el Palacio Hofburg y el Wiener Musikverein, respectivamente.
Y así como la música salió de Austria y llegó a otros continentes, también lo hizo la moda que la acompañaba. En América Latina este género fue muy bien recibido, adoptado y adaptado.
Ejemplo de esto es una de las principales expresiones artístico-culturales de Argentina: el tango, que al igual que el vals, es posible experimentarlo a través de la música, la danza y la moda. Así que cuando ambas manifestaciones se encontraron, el resultado fue bastante interesante.
A finales del siglo XIX, en el país albiceleste surgió un género llamado, ni más ni menos que tango vals, mismo que se caracterizó por mantener musicalmente el compás del estilo vienés, pero con composiciones que priorizan el uso de instrumentos tradicionales del tango, como el acordeón.
En cuanto a la vestimenta, se mantiene la elegancia de vestidos de gala, pero a estos se les quitaron algunos centímetros de largo y se les agregaron aberturas en las faldas para que las bailarinas puedan realizar pasos y poses de gran flexibilidad; así como escotes pronunciados en espalda y pecho, que suman sensualidad y pasión a la interpretación. Además, si bien ya no se obliga al hombre a lucir frac, sí un traje de etiqueta.
En México, la moda del vals llegó, principalmente, por influencias de Maximiliano y Carlota. La entonces Emperatriz de México fue conocida, entre otras cosas, por organizar fiestas en el Palacio Nacional —antes Palacio Imperial—; eventos en donde los invitados debían cumplir con el código de vestimenta de la burguesía. Pero, así como sucedió en Argentina, la importación de esta tradición se adecuó a las estéticas locales de este país latino.
Fue así que el maximalismo mexicano hizo de las suyas en aquellos años donde compositores como Juventino Rosas llenaban con su música los grandes salones de baile de la élite mexicana y extranjera. Los vestidos de las damas que asistían a estos eventos sociales se destacaban por el uso de corsés ajustados y faldas mucho más amponas que las austriacas, gracias al uso de pesadas y amplias crinolinas. Sumado a ello, las telas utilizadas para confeccionar estos atuendos eran mucho más brillantes y pesadas, y normalmente de colores más vibrantes, con bordados o estampados; también era más común el uso enfático de olanes y mangas bombachas.
Una referencia visual de este vestuario lo podemos encontrar en la película Sobre las olas (1950), dirigida por Ismael Aguirre y protagonizada por Pedro Infante. Así como, en algún cotillón o una fiesta tradicional de 15 años que hoy en día se siguen realizando en comunidades rurales, barrios y elegantes salones de fiesta a lo largo y ancho de México, donde, sin importar el estado o el dinero invertido, los reflectores de estas celebraciones se los lleva la o las jóvenes que son presentadas en sociedad a través de un vals y un vestido que, definitivamente, atrae las miradas de todos los presentes.