- Prólogo: Los Faroles
Hace un par de años salí de una fiesta a las cuatro de la madrugada, tomé un taxi para regresar a casa y vi el bulevar López Mateos vacío. El chofer y yo recorrimos varios kilómetros. Dado el escenario, podríamos haber sido los últimos hombres de la Tierra, pero la urbanidad es engañosa en cuanto a su soledad: no había ni más ni menos ciudadanos que de costumbre; estaban ocultos en sus hogares, durmiendo, esperando al día siguiente. Cada hogar por el que pasábamos refugiaba el sueño de sus habitantes, pero ¿de qué? En ese instante respondí que de la noche, de su inseguridad, de sus peligros, pero ¿cuáles? Las calles estaban vacías y la noche era bellísima: el mundo, como sus habitantes, dormía en paz. ¿Acaso dependería de la zona? Posiblemente. ¿Por qué no he presenciado más seguido ese estado del mundo? Me da miedo estar solo a esas horas, ¿por qué?, ¿a qué le temo en específico en la noche que no pueda suceder de día? Años más tarde (2023) volví a esas calles y a esas preguntas. De ahí surgió mi corto documental Los Faroles, un ensayo sobre la noche y los miedos que le habitan. La película ha sido proyectada en distintos festivales en León, Guanajuato capital y Lázaro Cárdenas (mi ciudad natal). En esas proyecciones y los tiempos que le separan, he meditado mucho sobre lo que este año me significó el cine y el recorrido para llegar a esa forma de pensarlo.
2. Los escondites
Para mí, una de las cosas más importantes en el camino de la cinefilia es el descubrimiento. Esto aplica en varias disciplinas y revela mucho sobre quienes las persiguen: su curiosidad, experiencia, pasión. El interés por el cine tiende a despertar, lógicamente, en nuestros primeros encuentros con él, y lo primero que tendemos a conocer sobre cualquier cosa es la superficie: la cartelera, retransmisiones televisivas, el primer estante en los sitios de renta (descansen en paz). Decides profundizar: sintonizas premios, sigues sitios de cine, te unes a foros de discusión, aprendes sobre el cánon popular; una nueva capa de filmografías, directores y movimientos se abre frente a ti. Entonces profundizas aún más: los directores te llevan a otros, empiezas a conducir tus propias búsquedas, encuentras sitios que las faciliten; nuevamente, otra capa de obras, directores y episodios históricos se presentan. Y así hasta que empiezas a definir intereses específicos, cuestionar al cine en su forma y a ti mismo como su audiencia y conocedor. Esa fue mi experiencia, que seguro difiere y se asimila con otras, pero que me ha hecho entender el cine como una búsqueda constante del ojo, por dentro y fuera de la pantalla. Aprender a ver cine me enseñó a mirar, y el mirar conlleva búsqueda, tanto de películas en los rincones del internet como de momentos e imágenes escondidas en el mundo. Cuando sientes que algo te llama, pero no sabes por qué, entonces miras, miras y miras buscando una grieta por abrir en la superficie del mundo y que de ella salgan las respuestas. El ojo mutante que mira y piensa al mismo tiempo, que transforma el vistazo en imagen y su fugacidad en objeto.
3. Las condiciones
Pero el cine, irónicamente compuesto por tiempo, como todo en la vida, ocupa tiempo. Entre el viaje en taxi de aquella noche y mi documental tuvieron que pasar varios años, películas, conversaciones y aprendizajes; se tuvieron que dar las condiciones para tener el tiempo, las fuerzas y la visión en el momento preciso en que se abrió el taller que me guió en la creación del filme. Las películas son cosechas que se siembran en momentos insospechados y que pueden tardar desde horas hasta años en dar fruto. Mucho de ese tiempo entre estaciones puede ser tanto cómplice como enemigo de la película, pues el cine habita una contradicción: es el tiempo y su pérdida a la vez. Es un punto y aparte a la obligación productivista que guía nuestro vivir: ver una película es una pérdida, pues te quita tiempo para hacer cosas ‘importantes’. A su vez, el cine, como pausa a la vorágine de la vida, es un periodo donde el tiempo se expande, la imagen que se estira hasta romperse y cortar a negro, puede alterar nuestra forma de percibir la realidad. Hay películas que al salir de la sala nos dejan en una especie de trance. Miras con más atención las cosas: el rumor de la calle, el viento, el atardecer: la vida se da una pausa bien merecida. Filmar cine, en parte, también es una pausa.
Para Los Faroles me levantaba de las dos de la madrugada hasta el amanecer para filmar. Manejaba al escenario, montaba la cámara en el tripié, oprimía grabar y esperaba el tiempo que considerara suficiente para detener la toma, que podía ser de uno a dos minutos en que no hacía absolutamente nada: me quedaba quieto y silencioso, mientras la cámara creaba una imagen. Pausas como esa son un privilegio; la pausa en la vida es un privilegio. Por esa y varias otras razones el cine es un arte comúnmente asociado con los privilegiados, algo que no solo se refleja en la existencia misma de las películas, sino en sus formas. Imagino una realidad alterna en que de no haber tenido carro, pero queriendo proceder con la idea de hacer la película similar a como quedó (cosa que seguramente no sucedería en esas condiciones, pero pretendamos por un momento) las tomas posiblemente no serían estáticas de la forma que el tripié me proveía; seguro me ahorraría el tripié para no cargar de más y filmaría tembloroso las zonas que no quedaran lejos de mi hogar: otros espacios y un movimiento de imagen que significa algo totalmente distinto a la película que existe, donde la imagen es quieta y estable, segura de su condición.
4. Las conversaciones
Me cuesta pensar la cinefilia que actualmente vivo sin los amigos que he hecho y los diálogos que he compartido. Muy distinto de leer a un crítico admirado o un texto estimulante, el diálogo te fuerza a manifestar tus ideas, a darte cuenta de si le hacen sentido al mundo y, sobre todo, a ti mismo. Esto no sucede exclusivamente entre amigos, cualquier discusión te puede proveer ese momento de choque y autorreflexión. No obstante, en las cinefilias mexicanas parece haber una extraña reticencia a un diálogo coherente con el ‘otro’. Sucedió en festivales de cine, donde resultó todo un reto entablar conversaciones con desconocidos; y sucede a diario en las redes del medio, donde las discordancias dan paso inmediato al ataque. Hay una desagradable mezcla de reserva y hostilidad de la que varios somos partícipes. A su vez, la cinefilia es donde he encontrado a mis amistades más preciadas. La pasión solitaria a la que te puede llevar el cine hace muy valiosa la conexión con otros que la comparten, que perciben eso que amas de una forma distinta pero atractiva; que te permitan aprender y a su vez enseñar; que te hagan dar cuenta que el cine se nutre de esas conexiones entre individuos, entre crítica y cineasta, entre audiencias y obra, entre espacios y habitantes. Cada una de las amistades cinéfilas que he conocido a lo largo de los años me ha aportado ideas sin las que me sería imposible ser lo que soy.
El cine va más allá de las películas. Es un diálogo constante entre sus amantes que se remite a un diálogo interno. Hace poco vi Trenque Lauquen de Laura Citarella (2023) ―no se confunda con la película de cuatro horas, Trenque Lauquen (2022), también de Laura Citarella―. El corto, del mismo nombre que su magnífico largometraje, va sobre una proyección de ese mismo filme en la ciudad que le da nombre. La directora (la propia Citarella) presenta la película y se sale a un café enfrente del cine. Ve el mundo que le rodea, esa ciudad que filmó y que ahora se proyecta. Ahí, en lo que mira, y que por ende vemos nosotros, reside el pensamiento, el diálogo interno, la continuación y expansión de un cine que habita en la vida, pues surge de ella y se proyecta en ella.
5. Epílogo: La revista
Pero también está este espacio, estas hojas que se sostienen o que se proyectan en el monitor. Empecé a escribir aquí exactamente hace un año. Sería imposible concebir mi cinefilia sin esta constancia, esta disciplina de compendiar películas, pensarlas y escribirles artículos a partir de un tema; de intentar cuadrar mis tiempos con las fechas de entrega; de darle su espacio en mi vida a cada edición. A veces se logra, a veces se falla. Y me pongo a pensar en todo sobre lo que reflexioné: en el camino que me privilegió a este espacio; en el tiempo que le entrego y la pasión que me conduce a él; en quienes leen estos textos y si les significan un diálogo. Es un ejercicio extraño, pues como tiendo a divorciarme de lo que escribo apenas lo doy por terminado, es como si lo tirara al vacío a ver quién lo recoge. Me sería lindo e inesperado saber que se rescata algo, pues tiendo a la distancia y no me doy cuenta de cuánto me esfuerzo por alcanzar a otros hasta que llego a ellos. Por ejemplo, Los Faroles, que terminó siendo una película diametralmente distinta a la que concebí en mi cabeza debido al propio tema que le concierne: el miedo. Sin embargo, cuando vi el corte final por primera vez y escuché las opiniones de la gente, me sentí feliz. Sentí que había hecho una película. Me sentí satisfecho. Y es que nada de esto ha sido planeado, ni mi cine, ni mis textos: mi vida es improvisada. A veces se logra, a veces se falla. Lo que he aprendido es a mirar mientras sucede y a saber cuando dar el corte final.
