Con sus tonos rojos —o la desaparición de estos— la presencia en las calles, fachadas y parques de rosas, nochebuenas, gerberas, claveles, peonias o tabachines, nos recuerdan que llegó el invierno, que se viene la primavera o que el día de los enamorados está cerca.
Entre la gama de colores cálidos, el rojo quema, arde, duele. Como horas de exposición al sol sin bloqueador alguno, como una herida que expulsa la sangre fuera del cuerpo o un vaso sanguíneo roto que circula solo dentro del cuerpo dejando como rastro un hematoma rojizo.
También anuncia el calor corporal de una sensación penosa, el dejo de una reacción iracunda o del deseo carnal de saciar las ganas de un acto íntimo, sensual, sexual… Luz, roja es la luz, luz de neón, que anuncia el lugar*…
El rojo nos da sentido de urgencia como la señalética que nos recuerda el contacto 911, como un camión de bomberos, como las letras que anuncian una ambulancia o el semáforo que grita ¡Detente!
Pero también nos distrae, nos llama a poner atención en bellos detalles de la continuidad como en las plumas de un papamoscas cardenalito, en las máscaras y trajes de un baile folclórico en medio de caos, en una bandera ordenándose en lo alto de un asta, en las paredes de un inmueble histórico o durante un candilazo al atardecer.
*Kumbala, La maldita vecindad y los hijos del quinto patio.

Foto: Paulina Ornelas (@kuro.p.shiro)
