Anterior a la conquista europea, los pueblos de América Latina tejieron una cosmología, un calendario ritual, una ética de convivencia con la tierra, una organización social en torno a este cultivo. Así, el maíz ha sido domesticado en estas tierras de la mano de relaciones entre humanos, deidades, lluvias y suelos.
Una base documental de la integración del maíz en la vida espiritual es el Popul Vuh, el libro sagrado del pueblo maya k’iche’ que recopila narraciones mitológicas que se contaban en la comunidad. Como base de sus relatos, cuenta que la humanidad fue creada por las deidades ancestrales a partir de la masa de maíz blanco y amarillo, luego de dos ensayos fallidos en los que los materiales de lodo y madera no lograban dar cuerpo, memoria y palabra al ser humano.
Así entró el maíz [en la formación del hombre] por obra de los Progenitores [...] Y moliendo entonces las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, hizo Ixmucané nueve bebidas, y de este alimento provinieron la fuerza y la gordura y con él crearon los músculos y el vigor del hombre. De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados.1
Esta creencia del origen de la humanidad fue repetida en otras regiones con sus respectivas variantes, expresando una ontología en la que el humano no está por encima de la planta sino constituido por ella; existe una conciencia de dependencia mutua. Convertirla en alimento es, por tanto, reponer la propia sustancia y vincularse con el origen.
En la cosmovisión mexica-nahua, la deidad del maíz era Centeōtl (centli-grano, teotl -dios), figura compleja que en distintas fuentes es descrita con una dualidad femenina: Chicomecóatl (siete serpiente) y en otras como una deidad originalmente femenina que representa a un conjunto de diosas cuyo nombre y ritualidad son asociadas a las distintas etapas del cultivo del maíz: Xilonen (la espiga joven, representa el maíz tierno), Iztaccenteotl (la diosa del maíz blanco), Tlatlauhquicenteotl (la diosa del maíz rojo), Xoxouhquicenteotl (la diosa del maíz azul).
Se le rendía culto durante el Huey Tozoztli (mayo y junio) mediante la recolección de siete mazorcas secas —número sagrado que representaba el corazón humano— para sembrarlas nuevamente como parte del inicio del nuevo ciclo de siembra. Las casas se decoraban con espigas y se realizaban otro tipo de ceremonias en las que se utilizaba sangre humana obtenida de duelos con contrincantes.
Estas culturas politeístas asignaban valor a sus dioses de acuerdo con las fuerzas naturales que hacían posible su día a día, como la lluvia para la siembra de sus cosechas, por lo que su conexión con la naturaleza y, por lo tanto, con el maíz, era muy fuerte. Las milpas propician un espacio de conversación con seres no humanos, por ello, antes de sembrar se pide permiso a la tierra, antes de cosechar se realizan ofrendas, al moler o nixtamalizar se mantienen cuidados y palabras rituales; lo que se consume devuelve fuerza, pero exige respeto.
En el idioma maya, el maíz es nombrado Ki’ichpam (la hermosa) y es considerado como alimento no sólo del humano sino de todo ser que habita la selva, incluidos Yuum K’áaxo’ob (Señores del monte) o Yuum Báalamo’ob (Señores jaguar) y los Aluxo’ob (guardianes de las milpas o duendes), a quienes se les tiene que respetar y alimentar. Los Yuum k’áaxo’ob (señores del monte) exigen respeto para cada ser vivo de la selva, por lo que aquellos que siembran y cultivan la tierra asumen la responsabilidad de proteger a todas las especies.
Alrededor de ello existían varios rituales para las distintas etapas del cultivo de la milpa en el que ofrecían una bebida a base de maíz llamada saka, a las distintas entidades, con el propósito de hacerles peticiones que favorecieran sus cultivos, como el retirar los animales para no causarles daños durante la tala o que el viento soplara fuerte en el proceso de quema.
De igual manera, por mencionar alguna, se hacían ofrendas de los primeros frutos a los Yuum k’áaxo’ob, como aquella que consistía en seleccionar las mazorcas más grandes y maduras para ser cocinadas en un horno subterráneo, en el interior de la milpa, al tiempo que se recitaba lo siguiente en lengua maya:
Yuum báalam, j-kalan lu’umo’ob, aluxo’ob, je’ela’ yáax jante’ex a ti’ale’ex, te’ex síikto’on, a ti’ale’ex le lu’uma’, k to’one chéen k majantik le lu’umo’, te’ex joyatike’ex, to’one’ chéen k jantik u pachal.2
(Señor del monte, guardianes de la tierra, duendes, les ofrecemos sus alimentos, son de ustedes, ustedes nos lo regalan porque esta tierra les pertenece, nosotros sólo les pedimos prestadas estas tierras a la que ustedes riegan, por lo que nosotros sólo comeremos una porción de lo que reste).
El ciclo y fases de este alimento —siembra, emergencia, floración, maduración, cosecha y resiembra— ordenan el año ritual para muchas comunidades. En Mesoamérica, el ciclo de 260 días (tzolk’in entre mayas, tonalpohualli entre nahuas) se ha interpretado como correlato de ciclos vitales humanos y agrícolas; aunque los vínculos exactos varían por región, la sincronía simbólica es clara: la vida humana y la vida del maíz laten juntas.
Por ejemplo, para los yumhu de Ixtenco, Tlaxcala, su calendario religioso-mágico —sincretista— está directamente relacionado con el ciclo de la planta, y su proceso agrícola es, a su vez, un ritual dividido en tres ciclos. El primero dedicado al fuego, en el que se da la bendición de la semilla; el segundo al agua, en el que se crean rituales para evitar catástrofes que afecten la siembra; y el último a la comunidad, en el que predomina el intercambio de alimentos entre los habitantes. Las ceremonias celebradas son una combinación de elementos mitológicos, astronómicos, agrícolas y religiosos que manifiestan lo fundamental que es el maíz para esta población.
Al considerar esta semilla un ente sagrado, también se ha utilizado para predecir cuestiones relacionadas a la salud y otras materias importantes para la comunidad; una práctica que, de acuerdo con diversos códices, se remonta a los tiempos de la creación del hombre, según la mitología. Dependiendo de la cultura y el tiempo en el que se ha practicado, es la metodología de adivinanza utilizada. De hecho, hay lugares de la república en la que aún se emplean.
Por ejemplo, en el Códice Tudela se lee:
Unos granos de maíz y frijoles, y que si los primeros al caer en medio un vacuo [vacío] a manera de campo, de tal modo que estuvieran alrededor, era señal que le iban a enterrar [al enfermo], si los granos de maíz se apartaban la mitad a una parte y la mitad a otra, para que pudiese hacerse una raya derecha de por medio, sin tocar a ningún grano, era señal que la enfermedad se había apartado del enfermo y sanar.
Como alimento, también es utilizado en ceremonias espirituales, un ejemplo de ello es el tesgüino, una bebida ancestral rarámuri, un brebaje de maíz fermentado cuya preparación fue transmitida por Onorúame (divinidad creadora), para celebrar la vida, la comunidad y el espíritu. A través de éste se hacen ritos de sanación llamados tesgüinadas que refuerzan los lazos de la comunidad, desde los rituales para su elaborada preparación hasta el momento de la ofrenda. También es utilizado para curar personas enfermas, regenerar cultivos o celebrar cumpleaños.
Quien ofrece el tesgüino lidera la ceremonia, seguido de sus vecinos invitados. Se caminan tres vueltas hacia donde sale el sol y se tiran tres chorros de la bebida, después, se caminan otras tres vueltas, pero hacia donde se pone el sol y, nuevamente, se vierten tres chorros al aire para reposar, eternamente, en el suelo.4
Los rituales de su preparación denotan una conexión profunda con la planta a la que no sólo se le pide sanación espiritual y física, sino que se le brinda un gran respeto mediante la contemplación y la paciencia por cada proceso, que también significa compromiso con el bienestar de la comunidad. Te invito a echarte un clavado a su elaboración, te enterarás de los detalles de por qué se deja reposando el maíz en un lugar silencioso o por qué la olla en la que se hierve esta bebida nunca se lava.
Con la colonización y la evangelización, muchas ceremonias se resignificaron bajo advocaciones católicas. San Isidro Labrador en México, por ejemplo, es una imagen venerada por la comunidad campesina a quien se le pide la bendición de los campos y la venida de las lluvias. De igual manera, muchas de las imágenes de Vírgenes y santos comenzaron a ser celebrados en tornos a atoles, tamales y otros alimentos a base de maíz, se preservaron cantos, danza o rezos que —aún con nuevos nombres— siguieron alimentando a la tierra. Lejos de desaparecer, el maíz espiritual se volvió hábil para el mestizaje ritual.
Estos son pocos ejemplos del protagonismo que tiene este recurso natural para nuestro país, pues, como ya lo ves, no solo se trata de la base alimenticia, sino también cultural que parte de nombrarnos hombres y mujeres de maíz.
Referencias
1Cruz Cortés, N. (2016). Los hombres de barro y los hombres de maíz. Estudios Mesoamericanos, (1), 24–30. Recuperado a partir de https://revistas-filologicas.unam.mx/estudios-mesoamericanos/index.php/em/article/view/103
2 No title. (s/f). Unesco.org. Recuperado el 27 de agosto de 2025, de https://www.unesco.org/es/arti...
3 González Torres, Y. (2014). La adivinación por medio del maíz. Estudios de cultura nahuatl, 48, 213–233. https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0071-16752014000200006
4 Tesgüino, la ancestral bebida rarámuri para alimentar el cuerpo y el espíritu. (2021, febrero 4). Más de México -. https://masdemx.com/tesguino-tejuino-propiedades-preparacion-mexico-raramuri/
(S/f). Recuperado el 27 de agosto de 2025, de http://file:///C:/Users/Comunicacion%20ICL/Downloads/admin,+04_lachiquinah_9%20(2).pdf