INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Canto de corteza (Notas sobre fermentación y memoria)

Un relato de José Roberto Pérez Jiménez y lo poético de amasar con los ojos cerrados.
/assets/images/placeholder.png
José Roberto Pérez Jiménez
Tita para Mateo —Dominga para el pueblo, doña Dominga para el tendero, la Vieja (a secas) para los muchachos que no saben que ellos también van a envejecer— amasaba con los ojos cerrados. No por misticismo ni por aparentar nada. Las yemas de los dedos —ese alfabeto ciego de crestas y surcos— le decían cosas que los ojos, distraídos por las superficies, eran incapaces de entender. La humedad exacta. El punto de liga del gluten.

La actividad secreta de una masa madre que llevaba más de un siglo pasando de unas manos a otras. Una mujer cruzando un océano entero con un frasco de vidrio atado al pecho cual segundo corazón. Del pueblo de donde partió no quedaba memoria; de las levaduras, sí.

Ni siquiera Dominga recordaba ya el nombre. Cuando le preguntaban de dónde era su abuela se encogía de hombros y decía «de allá» con la ligereza de quien ya no distingue entre recuerdo e invención.

El pan de Dominga cantaba[^1]

[^1]: La palabra «cantaba» es, por supuesto, imprecisa. El pan no emitía una melodía en el sentido estricto del término; no había escalas, armonías ni estructura reconocible en el sonido que producía la corteza. Pero «crujía» se queda corto, y «chasqueaba» sugiere algo mecánico, algo que podría reproducir una máquina. Lo que Dominga lograba era un fenómeno acústico que los vecinos del pueblo describían como un canto. Quizás tenían razón. En ese sentido, el pan de Dominga era Bach o al menos un bolero de José José.

Mateo —catorce años, nieto único en un pueblo donde la palabra «único» significaba «el que se quedó»— observaba el ritual cada mañana desde un rincón de la cocina, envuelto en ese aroma: harina tostada, café de olla, humedad de barro cocido y algo más, algo que no aparece en las tablas periódicas.

El tiempo se instaló en las articulaciones de Dominga. Primero fueron las falanges distales, luego las proximales, luego toda la mano convertida en una pregunta sin respuesta. Una mañana, Dominga se quedó mirando sus manos igual que se mira una herramienta que ha dejado de obedecer, y dijo:

—Dale de comer.

Mateo no preguntó a qué. Alimentó el cultivo. Agua, harina, la paciencia que solo tienen los adolescentes que aún no han aprendido a tener prisa. Y empezó a amasar.

El pan le salió ácido. Luego correoso. Luego agrietado. Miraba sus manos, las líneas de la vida estaban llenas de harina. Sentía una furia que no sabía dónde colocar.

—Estás amasando con los ojos— dijo Dominga una tarde.

Mateo entendió exactamente lo que quería decir y al mismo tiempo no entendió nada.

Esa noche Mateo se paró frente a la mesa de trabajo y cerró los ojos. Como un aprendiz que por fin deja de mirar las instrucciones. Hundió los puños en la masa. Sintió, por primera vez, la temperatura viva de la fermentación. El pulso de las levaduras. Una herencia biológica que había sobrevivido a guerras, migraciones, epidemias y cenas familiares incómodas. Amasó con un ritmo que no provenía de sus músculos, sino de esa sabiduría de las manos.

Horneó al amanecer.

El pan salió del horno. La corteza crujió al encontrarse con el aire. El sonido atravesó la casa y el patio hasta llegar a Dominga. Desde su cama no necesitó probarlo. Le bastó con escuchar.

Mateo partió la hogaza. El vapor le golpeó la cara y algo se aclaró.

Afuera —sin aviso— los niños llegaron corriendo.


José Roberto Pérez Jiménez (León, 1980) escribe narrativa breve y explora el cuento como un espacio de memoria, tiempo y pequeñas extrañezas de lo cotidiano. Sus historias convierten situaciones comunes en relatos donde lo íntimo y lo fantástico se entrelazan, revelando los vínculos humanos, los rastros del tiempo y las formas en que lo extraordinario habita la vida común.

Instagram: @robp80j

José Roberto Pérez Jiménez José Roberto Pérez Jiménez

(León, 1980) escribe narrativa breve y explora el cuento como un espacio de memoria, tiempo y pequeñas extrañezas de lo cotidiano. Sus historias convierten situaciones comunes en relatos donde lo íntimo y lo fantástico se entrelazan, revelando los vínculos humanos, los rastros del tiempo y las formas en que lo extraordinario habita la vida común.