INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Colecciones mundialistas, los tesoros de la infancia

Directo del baúl de los recuerdos mundialistas, te traemos algunos objetos que las marcas lanzaron en algunos de estos torneos futboleros.
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Pamela Pedroza
La Copa Mundial de Fútbol no solo se ve en la televisión: se colecciona y muchas veces, desde la infancia. No importa si se entiende o no por completo el fuera de lugar, la tabla de grupos o las eliminatorias de la Conmebol, el Mundial se vive desde mucho antes del silbatazo inicial; se instala en casa mediante colecciones imposibles de completar que terminan guardadas, durante años, en cajones, vitrinas o cajas de zapatos.

¿Recordaste algo? Recolectar las tapas de refresco, buscar en los empaques del pan, de las galletas, en las cajas de cereal. La emoción de encontrar una figura distinta en el cereal, un vaso nuevo de Coca-Cola o un tazo mundialista era parte de la experiencia que muchas y muchos recordamos, sin importar si la afición por el deporte se albergaba en nosotros. En ocasiones, el objetivo ni siquiera era completar la colección, lo emocionante era la búsqueda. El ritual de ir a la tienda, abrir el empaque con cuidado y descubrir qué había dentro. Ahí comenzaba la efervescencia de la temporada. 

Más allá de los álbumes de estampas que generan toda una dinámica de trueque y convivencia, los mundiales han marcado generaciones enteras a través de la mercadotecnia. Las marcas entendieron que el fútbol tenía un enorme poder emocional y transformaron, incluso, productos cotidianos en objetos de deseo. Hoy, muchos de esos artículos sobreviven no por su valor económico, sino por la memoria que contienen. 

Uno de los recuerdos más entrañables fueron las figuras de Kellogg’s de la Copa de  Estados Unidos 1994. Venían dentro de las cajas de cereal y se convirtieron en pequeños tesoros para los niños futboleros. Eran figuras sencillas, pero bastaba tener a Jorge Campos, Ramón Ramírez o Zague para convertir el cuarto en un estadio improvisado. Décadas después, aún hay personas recordándolas con cariño en foros y redes sociales, donde muchos coinciden en que esas figuras terminaron mezclándose con luchadores, Caballeros del Zodiaco y juguetes de todo tipo, para recrear partidos imaginarios. 

Después llegaron las figuras Kellogg’s de Francia 1998, en las que los personajes —ahora desaparecidos— representativos de las diversas marcas de cereales, aparecían con su outfit de jugadores, manteniendo viva esa tradición de convertir el desayuno en una oportunidad para ampliar la colección. Francia 98 fue, además, uno de los Mundiales más memorables para quienes crecimos en esa época: Ronaldo, Zidane, las canciones mundialistas sonando en todos lados y la sensación de que el fútbol estaba absolutamente presente en la cultura popular.

Pero si hubo una marca que entendió perfectamente cómo apropiarse de la emoción mundialista en México fue Coca-Cola. Sus promociones acompañaron varias generaciones y dejaron objetos que todavía hoy aparecen en mercados vintage y publicaciones de coleccionistas.

Los vasos de Coca-Cola de Estados Unidos 94 fueron de los primeros grandes fenómenos coleccionables mundialistas en muchas casas mexicanas.  Eran vasos resistentes, coloridos, con diseños relacionados al torneo y las selecciones. Lo curioso es que muchos sobrevivieron muchísimo más allá del Mundial: terminaron siendo los vasos ‘de diario’ en incontables hogares. Algunos aún siguen intactos en cocinas mexicanas treinta años después, convertidos involuntariamente en cápsulas del tiempo.

Más adelante llegaron los vasos de Corea-Japón 2002, que reforzaron esa costumbre tan mexicana de convertir artículos promocionales en parte permanente de la casa. Porque los objetos mundialistas nunca fueron solamente decoración; eran parte de la vida cotidiana. El niño que tomaba refresco viendo a Ronaldinho o a Cuauhtémoc Blanco probablemente jamás imaginó que años después sentiría nostalgia al encontrar uno de esos vasos en casa de sus papás.

Corea-Japón 2002 también dejó uno de los artículos promocionales más extravagantes de aquellos años: el famoso sillón inflable de Coca-Cola. Era enorme, rojo, llamativo y absolutamente innecesario… justo por eso era inolvidable. Algunos modelos incluso funcionaban como hielera y tenían portavasos incluidos. Hoy todavía aparecen ejemplares en sitios de reventa como piezas ‘retro’ de colección en nada más ni nada menos que $1,500.

Otra pieza inolvidable fue la alcancía de Pique, la mascota del Mundial México 86. Aunque pertenece a una generación anterior, logró sobrevivir en muchas casas y convertirse en un objeto casi heredado. Pique tenía algo especial: sintetizaba perfectamente la identidad visual del Mundial del 86 y la emoción que provocó organizar nuevamente una Copa del Mundo. Para muchos niños mexicanos fue su primer contacto con un souvenir mundialista, aún con la controversia que ahora representa en cuanto a estereotipos. 

En los dosmiles, las promociones evolucionaron y se volvieron todavía más ambiciosas. Alemania 2006 estuvo lleno de artículos memorables, entre ellos los famosos cabezones de Coca-Cola, pequeñas figuras estilo caricatura de jugadores internacionales y nacionales. Algunos coleccionistas todavía buscan obtener las series completas de aquella promoción y en espacios como Mercado Libre puedes encontrarlos a la venta. 

Ese campeonato también trajo productos extraños pero inolvidables, como el Reloj Grita Gol, un promocional pensado para aficionados futboleros obsesionados con no perderse ningún partido; y sí, la alarma era una voz parecida a la del Perro Bermúdez gritando un eufórico «¡¡¡gooooooooool!!». Más allá de su funcionalidad, estos objetos reflejan una época en la que el Mundial invadía completamente la rutina diaria.

Por otro lado, las panificadoras y marcas de botanas encontraron maneras ingeniosas de subirse a la fiebre futbolera. Bimbo lanzó promociones como el Bimbolazo, un panqué con forma de balón que apareció durante Corea-Japón 2002 y regresó para Alemania 2006. Aunque muchos recuerdan especialmente las tarjetas Bimbo, que se intercambiaban en escuelas y recreos como si fueran estampas valiosas, así como las bolsitas Bimbo para guardar el sandwich.  

También estaban las inolvidables tarjetas lenticulares de Marinela del Mundial de Japón-Corea, que cambiaban de imagen dependiendo del ángulo desde donde se vieran. Eran fascinantes porque parecían tecnología futurista para cualquier niño de primaria. De la misma manera, en 1998 se volvió muy popular el álbum de tarjetas de Pepsi Generation Next que, aunque no era el oficial de la FIFA, fue parte de esos tesoros en las infancias. 

Y, por supuesto, estaban los eternos tazos mundialistas. Aunque los tazos trascendieron el fútbol y dominaron prácticamente toda la cultura infantil mexicana de los noventa, durante esta temporalidad adquirían un significado especial. Se jugaban, se apostaban, se intercambiaban y se coleccionaban obsesivamente. En muchos recreos escolares, el prestigio social dependía de cuántos tazos raros se tenían guardados en una bolsita de plástico. Incluso hoy, cuando alguien menciona los tazos, inmediatamente aparece una memoria compartida generacional. 

Otro elemento inseparable de estas justas internacionales eran los calendarios para anotar resultados. Generalmente patrocinados por marcas refresqueras, periódicos o tiendas de autoservicio. Se pegaban en la pared o el refrigerador y se convertían en el centro de la conversación familiar. Ahí se anotaban marcadores, horarios y posiciones de grupos con pluma roja o azul. Antes de las aplicaciones y las notificaciones del celular, esos calendarios eran la guía oficial del torneo dentro de casa.

También hubo colecciones más especializadas como las tarjetas Upper Deck, que ofrecían una experiencia más cercana al coleccionismo deportivo estadounidense. Tener una tarjeta brillante, bien conservada o difícil de conseguir hacía sentir a cualquier infancia como dueño de una reliquia. 

Quizá lo más importante de todos estos objetos, por mencionar algunos, es que nunca fueron únicamente mercancía. Eran pequeños rituales de convivencia. La Copa del Mundo se compartía con hermanos, hermanas, primos, primas, papás y amistades. Se intercambiaban, se presumían hallazgos y se peleaban tazos. Cada artículo era una extensión del torneo dentro de la vida cotidiana.

Hoy, en tiempos donde casi todo es digital, aquellos objetos físicos tienen un peso emocional enorme. Representan una época donde el fútbol todavía se vivía desde la sorpresa tangible: abrir una caja, destapar un refresco, encontrar una figura distinta. Más que coleccionables, eran piezas diminutas de infancia. Otro asunto es que, actualmente, por políticas públicas, las marcas ya no deben usar personajes, por lo que tampoco pueden generar estas dinámicas que incentiven el consumo. Por otro lado, la FIFA se ha vuelto más estricta con el uso de su imagen. 

Por eso esta parafernalia sigue siendo tan importante, porque, al final, muchos no recordamos exactamente todos los resultados de aquellos mundiales, pero sí recordamos perfectamente dónde guardábamos nuestros tazos, cuál vaso era nuestro favorito o cuánto deseábamos completar una colección imposible. Y tú, ¿qué coleccionabas?