INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Días de garbanzos

Cada temporada sabe deliciosamente a lo que mi cuerpo me pide y la tierra me ofrece.
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María Luisa Vargas
Las estaciones del año, así como las de la vida, llegan con admirable puntualidad y siempre, pero siempre, traen regalos que van con su personalidad. Son épocas sorprendentes, pues cada año es distinto en sí mismo y también dentro y fuera de cada quien.

A Vivaldi, que era músico, las estaciones del año le hablaban en violines, le florecían el ama de sonidos brillantes y le llenaban de notas florales en primavera, frutales en verano, amaderadas en otoño y blancas y ligeras en invierno.

A mí, que pienso siempre en comer y en guisar, cada temporada me sabe deliciosamente a lo que mi cuerpo me pide y la tierra me ofrece.

Cada primavera me hace ilusión repetir la alegría de la resurrección de la tierra, su floración, el ajetreo de los bichitos y el regreso de los trinos y gorjeos de los pájaros, en especial me inspira el regreso de las golondrinas. El jardín entero parece una ensalada multicolor. Y eso es lo que hago, ensaladas con los actores principales de esta temporada: jitomates, aguacates, rábanos, nopalitos, lechugas, ejotes, pepinos y con algo de suerte algunos berros que se hayan adelantado a las lluvias del verano.

Primavera suave de cremas tersas y tibias de coliflor, brócoli, espinacas, calabacitas, acelgas, espárragos o zanahorias. De cremas frías de aguacate, pepino o gazpacho de jitomate cuando la temporada avanza y el sol crece.

Aguas frescas, gelatinas y postres primaverales de fresa o mango, melón, papaya o tamarindo. Naranjas y limones todavía están buenos y jugosos y aún quedan lindas peras, manzanas y grandes sandías. Comienzan las guanábanas y las piñas, dulces, perfumadas, alegres.

Las proteínas de la primavera me apetecen en estado casi puro, la sencillez será la clave del éxito para conseguir frescos pescados, grandes y blancos, empapelados con hoja santa, cebollita y limón, que metidos al horno entre 15 y 20 minutos se verán magníficos y serán fáciles de digerir y masticar hasta por los más pequeños y los más mayores de la casa.

En verano las comidas al aire libre son mi pasión. El calor de las mañanas que se cura o se alborota, según, con la lluvia de media tarde, hace que la vida explote y el campo entero se vista de un verde lujoso. Así también mi mesa. Ensaladas cada vez más verdes, con berros, apios, lechugas, mantequilla, radicchio o col morada, cebollines, queso de cabra, rodajas de pera y manzana, nueces y chía salpicadas por encima.

Las grandes lluvias de nuestro verano mexicano caen en los jardines, en las banquetas y en todo el campo y brotan verdolagas deliciosas, para cocinarlas con espinazo en salsa verde o con codillo de cerdo en un gran caldo rojo de chile pasilla y ancho, mi platillo insignia.

Aguachiles y ceviches, tostadas de camarones, pollo rostizado, salpicón de carne deshebrada, flautas de pollo o de barbacoa con mucho guacamole, carnes asadas, pescaditos fritos, crujientes, con su chorrito de limón y un buen botón de mayonesa recién hecha…

Higos grandes y morados, escurriendo su gotita de miel, se abren misteriosos y rosados. Granadas como joyas secretas del jardín. Helados de todas las frutas posibles, nieves de garrafa… ¡oh… el verano!

En el otoño las mañanas frías y las tardes airosas sonrojan el campo, las hojas, los pastos. Las frutas se tornan rojas y cálidas, llega la temporada de la cosecha; el producto de todo el año de trabajo da sus frutos y hay que apurarse a guardarlos. Mermeladas y almíbares, embutidos, salazones, salmueras, escabeches. Azúcar, miel, sales, hierbas y especias, humos, alcohol. Lo que sea necesario.

En otoño hago compotas y mermeladas conforme van madurando las manzanas, las peras, las pequeñas naranjitas chinas de mi huerto. Las zarzamoras alcanzan su máximo punto de tamaño y dulzor, mis nietos y yo nos metemos a la boca varias a la vez, hasta que nos gana la risa de dientes morados. Nuestro cuerpo se llena de vitamina C y las gripas se alejan de nuestro reino. Tal es el otoño.

El invierno en el bajío es como el de Vivaldi, Allegro non molto al inicio y después francamente Allegro. Aunque todavía no me considero en el invierno de mi vida, ni muchísimo menos, mis huesos resienten su aliento helado y se quejan; busco el calor por todas partes, me escondo debajo de las mantas. Mis árboles, pelones, están flaquísimos y en la hortaliza, los girasoles, los ejotes y las alubias ya dieron lo que tenían que dar y se secaron, pero… todo esto quiere decir que el año se termina, la tierra dormirá, mientras más frío haga afuera, mejor refugio será la casa y se llenará de gente y de luz.

El invierno es por excelencia el tiempo de hornear. Shepherd’s pie, me enseñaron a hacer unas niñas mías, inglesas, jolgorientas y navideñas, es un pastel de picadillo de carne tapado con un puré de papa suntuoso de mantequilla, dorado y crujiente… lo más hermoso que existe para cenar en una noche fría.

Comidas de bacalao a la vizcaína, con su español sabor a pimentón y ajo, con aceitunas y alcaparras, almendras y tomate… Tardes de posadas y mexicanísimos tamales, con su pancita rellena de puro consuelo dulce o salado, picositos, gustosos, arropados en su cunita de hojas de elote, echando bocanadas de vapor blanco y antiguo.

Y en enero, días de garbanzos. Eso es todo lo que necesito para cobrar fuerzas y plantarle cara a otro año. Fuerzas para volver a empezar, para desafiar el miedo, para luchar, para planear, para vencer. Otra vez.

Hoy, con todo cariño les comparto la receta de los garbanzos que me hacía mi padre y que tanto ayer, como hoy, mantienen y contagian poderes asombrosos.



Garbanzos para comenzar el año

Ingredientes

2 tazas de garbanzos remojados desde la víspera

1 hoja de laurel

2 dientes de ajo

¼ cebolla

Sal

5 pimientas gordas

250 g de tocino en trozos

1 cebolla mediana picada fina

3 jitomates pelados y picados

1 pimiento verde grande, asado y pelado

1 diente de ajo grande picado fino

1 cucharada de pimentón dulce sin ahumar

Modo de hacerse

Cocer los garbanzos con el cuarto de cebolla, laurel, ajos, pimientas y tocino hasta que estén bien suaves. Freír en aceite de oliva la cebolla picada, luego el ajo y el pimiento para hacer un sofrito. Añadir el jitomate y el pimentón y dejar guisar a fuego muy bajo durante unos 5 a 7 minutos, incorporar los garbanzos y el tocino junto con un poco de su caldo y mezclar muy bien, rectificar la sal y dejar todo a fuego muy bajo durante un buen rato para que todos los sabores se integren.

María Luisa Vargas María Luisa Vargas

Licenciada en Comunicación por la Universidad Iberoamericana León y Maestra en Cultura y Arte por la Universidad de Guanajuato. Ha dedicado más de veinticinco años a la docencia de la historia, la comunicación y la cultura en la Universidad de Guanajuato y en ICON University. Se especializa en la investigación y difusión de las relaciones culturales que vinculan al ser humano con la comida y la cocina como expresión cultural constructora de la identidad de los pueblos. Escribió el libro Meditaciones de Cocina Íntima participante del II Foro mundial de la Gastronomía. Además de escribir para la Revista Cultural Alternativas, colabora para algunas revistas en línea. Es guionista y locutora del programa radiofónico De cocina y otras maravillas…, de Radio Universidad de Guanajuato.