La labor de un lingüista no corresponde a estipular la manera correcta o incorrecta de hablar o escribir, no se trata de establecer normas sino de describir —palabra clave— cómo se manifiesta el lenguaje, cómo ha cambiado, cómo está cambiando, cómo varía de este lado y de aquel. Todo lo anterior, sin juicios.
Para que quede más claro, te comparto el ejemplo que me dio quien ocupa las páginas de esta edición de De Perfil. Es como lo que hace un biólogo; es decir, si ve un tigre con más rayas de las que se supone debería tener, no calificará este hecho como correcto o no, solamente lo registrará y describirá.
Aclarado esto, te presento a quien me lo explicó de manera tan amigable y amena: el Dr. Hugo Heriberto Morales del Valle, lingüista acambarense nacido en 1992 y quien, desde sus estudios de doctorado, ha enfocado sus investigaciones en el habla de las y los habitantes del estado de Guanajuato, concretando su tesis El lugar de Guanajuato en la dialectología mexicana. Tres niveles de variación y cambio, alentado por la escasez de investigaciones sobre el tema.
Pero no es que Hugo supiera desde temprana edad que ésta sería el área profesional a la que quería dedicarse. Cuenta que simplemente le gustaba leer y, como a muchas personas con dicho gusto, terminó estudiando Letras, más precisamente, la Licenciatura en Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato.
Una vez en ese camino, las materias relacionadas con lingüística y fonética lo convencieron de que ese era su lugar, además, estando en una ciudad universitaria en la que llegan personas de diversas ciudades y estados, encontraba fascinación en detectar las diferencias en las formas de hablar y nombrar las cosas. De igual manera, descubrir el contexto sociohistórico detrás de frases como «no hay moros en la costa» o «ya chupó faros», lo mantuvo anclado a esta disciplina.
Entre las anécdotas que Hugo narra, recuerda la vez cuando, en una habitación, exclamó “se metió un chocho” y nadie entendió de qué hablaba, pues las personas que lo acompañaban, provenientes de León y Durango, conocían a ese pequeño insecto como saltamontes. Él, hasta ese día, creyó que en todo México se le conocía como «chocho», pero el contexto de esto es que el sur de Guanajuato fue poblado mayormente por purépechas, quienes llamaban a este pequeño ser «chochu», es por ello que en Acámbaro —así como en otros municipios cercanos—, lugar donde él nació y creció, se le llama así.
Otro momento significativo fue al descubrir, en su clase de fonología, que algunas personas pronunciaban la palabra oxígeno de distintas maneras y que además existían juicios de valor negativo respecto a una u otra pronunciación. Esto lo llevó a indagar y comenzar una investigación para la que realizó entrevistas con la finalidad de observar las variaciones de pronunciación en San Luis de La Paz, Pénjamo, León, Acámbaro, Guanajuato…, y fue éste su primer estudio formal sobre la lingüística en Guanajuato, resultando en su tesis de licenciatura.
Hugo confiesa que su interés por profundizar en el español de nuestro estado no nació del amor, sino de la molestia. Cuando llegó el momento de revisar trabajos anteriores de lingüística dentro de su facultad, con el propósito de definir su tesis, dio con el trabajo de un colega que, siendo de acá, decidió tomar a Ciudad de México como objeto de estudio bajo el dudoso argumento de que es ahí donde se marca la norma del español en el país. No consideró esto algo muy acertado y nació una incomodidad que lo impulsó a aportar en la descentralización de los estudios de lingüística.
Encontró estudios de España, de Ciudad de México, de otras ciudades grandes, pero se preguntó: ¿cómo hablo yo?, ¿cómo hablamos aquí? De hecho, el primer libro que existió sobre cómo es el español en Guanajuato (El habla de Guanajuato), lo realizó un estadounidense, Peter Boyd Bowman, publicado en los años 60. Las referencias eran pocas y las que había eran iniciativas de personas foráneas. Esto marcó aún más su línea de investigación, pues creía y cree necesario que más lingüistas indaguen sobre sus propias regiones como nativos y habitantes de ellas.
Durante su doctorado en el Colegio de México desarrolló un estudio sobre la entonación —lo que solemos llamar acento— de las distintas partes de Guanajuato, de acuerdo con su posición geográfica, así como algunos usos de palabras. Hallando, por ejemplo, que los municipios ubicados al norte tienen frecuencias de sonido similares a las de Jalisco y los ubicados en el sur, similares a la Ciudad de México. Esto se determinó mediante la comparación de las grabaciones de las entrevistas que realizó con audios de hablantes de los lugares mencionados, que en parte era visible en las longitudes de onda y frecuencia de los archivos.
Dicho trabajo no se simplifica al pararse frente a una puerta aleatoria, tocar y comenzar a charlar con quien aparezca del otro lado, Hugo me platica que en la actualidad hay un gran obstáculo que es la desconfianza de la gente ante el acto de que un extraño se acerque a preguntarle cosas de su vida, porque, claro, como en toda investigación, se necesitan obtener datos demográficos y económicos de la persona entrevistada. En estos tiempos es esencial que un conocido o el conocido de un conocido te acerque, te presente y la plática comience a fluir, de otra manera es casi imposible. Quizá en Acámbaro o en Guanajuato tener ese enlace fue fácil, pero en municipios donde era un total desconocido no lo fue tanto y ese ha sido uno de los obstáculos de los proyectos.
Dentro de la complejidad de este quehacer, comparte que es trascendental difundir el trabajo de la lingüística con el propósito de que las y los demás comprendan que, con el paso del tiempo, las lenguas irán cambiando y eso es completamente normal, así como lo es que las lenguas tomen prestadas palabras de otras lenguas. De hecho, mucho del español toma palabras de las lenguas originarias como la palabra «jitomate» que viene del náhuatl. Estas variantes del lenguaje no son simples coincidencias, nos muestran parte de la historia y el contexto sociocultural de cada territorio.
La importancia de esta difusión también está ligada con promover el respeto por la diversidad cultural de las distintas regiones de nuestro país. Si entendemos que nuestra manera de hablar está impregnada de historia y que incluso el español de cada estado y de cada municipio tiene variantes que incluyen palabras de lenguas originarias e incluso de aquel español aprendido durante la colonización, comprenderemos el valor de cada variación y el respeto que esto merece, pues es también parte de la identidad de las personas y las comunidades.
“A mí me da identidad decir chocho, me gusta decirlo, me gusta explicar que así digo yo para seguirlo diciendo y no tener que cambiar mis palabras”.
Además de ser docente en la Universidad de Guanajuato y de compartir sus hallazgos en artículos académicos, este año Hugo comienza el ciclo de conferencias Todas las fronteras llevan a Guanajuato: el español guanajuatense en la geografía lingüística de México, que tiene el propósito de recorrer todos los municipios que fueron parte de su estudio para compartir el resultado de una manera digerible y menos académica. Así que de enero a junio, en fechas que están por confirmar, recorrerá Acámbaro, Celaya, Pénjamo, San Felipe, San Luis de la Paz, San Miguel de Allende, Guanajuato y León.
La conferencia que realizará en nuestra ciudad lleva el nombre León: un caso de insularidad urbana en Guanajuato y será el 20 de febrero en el Museo de las Identidades Leonesas, a las 18:00 horas. La premisa es que León tiene una dinámica cultural de isla, es decir, que algo de su léxico y palabras son solo de aquí y solamente usadas aquí. Justo acabo de enterarme, porque Hugo me lo cuenta, que solamente en León le decimos «punto» a la talla de los zapatos. ¿Tú ya sabías? Si quieres enterarte de más, pues ese es el momento.
Así, el trabajo del Dr. Hugo Heriberto Morales del Valle nos recuerda que cada palabra que usamos es más que una forma de nombrar, es una huella de la historia, de los cruces culturales y de la vida cotidiana de quienes habitamos un territorio. Escuchar cómo hablamos, sin juicios, es también una manera de reconocernos, porque en esas variaciones se teje la identidad de nuestras comunidades y se confirma que el lenguaje, vivo y cambiante, siempre tiene algo que decir sobre quiénes somos y de dónde venimos.