INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

La fascinación de mirar cocinar

¿Por qué nos gustan los tutoriales de comida? Aquí algunas posibles explicaciones.
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María Luisa Vargas San José
El boom gastronómico que está presente en las redes sociales, videos tutoriales, en podcast, blogs, programas de televisión y de radio, llenan el aire de nuestros tiempos con ondas electromagnéticas cargadas de sensualidades culinarias.

Justo en este momento, en el que estamos inmersos en sociedades hiperactivas, tenemos menos tiempo para dedicarnos a cocinar y comer en paz,  pese a ello, hablamos más del tema, vamos a restaurantes en los que podemos observar al chef dentro de cocinas con grandes ventanales y vista panorámica al público, compramos más libros y revistas de cocina para tenerlas en nuestra propia mesa, y vemos grandes cantidades de videotutoriales y programas televisivos dedicados a este noble quehacer de transformación y placer, ¿por qué?, ¿en dónde reside la magia que nos mantiene —desde hace años— fascinados a millones de espectadores?, ¿por qué (a los que nos gusta) vemos tanto cocinar a otro?

Como sospecho que muchos de nosotros, durante el tiempo de pandemia nos volcamos a la introspección hogareña y nos dedicamos a comer y, a veces, a cocinar, me atreví a solicitar la gentil ayuda de quienes encontraron y contestaron esta pregunta que lancé a principios de agosto de 2020:

¿Por qué (a los que nos gusta) nos gusta tanto ver cocinar en la televisión?

Tres días después llegaron 96 comentarios que mostraron tres líneas temáticas principales: 

A) La didáctica
B) La estimulación creativa 
C) La generación de sentimientos 

Así que, buena parte de los participantes de esta pequeñísima muestra, acudimos a los tutoriales en video y a los programas de televisión buscando: 

A) La didáctica (aprender) 

Conocer nuevas técnicas, nuevos utensilios y procedimientos, observar de primera mano la consistencia y la textura, los colores, el punto exacto y el emplatado; la imagen afianza la explicación, entendemos mejor el procedimiento, pues la memoria visual es poderosa y nos anima a experimentar. Ver cocinar es disponer de una guía más personal que la que podemos encontrar en un texto, además, dentro del curso de los programas, los cocineros suelen dar excelentes consejos que raramente vemos en otros medios. Con la observación de una gran variedad de platillos que provienen de cualquier parte del mundo se amplía nuestra cultura, la conciencia de nuestra identidad culinaria y la de otros pueblos del mundo. 

B) La estimulación creativa 

A partir de la imagen en la pantalla se dispara nuestra imaginación, se despiertan nuestros sentidos al observar nuevos platillos que nunca se nos hubieran ocurrido. En los programas y tutoriales, cocinar parece tan fácil y tan apetitoso que nos sentimos alentados a intentar, a experimentar la cocina con la confianza de poder conseguir nuestros objetivos; además de que se puede pausar y regresar las veces que sean necesarias. 

Ver cocinar nos inspira a comer mejor, a esforzarnos por preparar y sofisticar nuestra comida. Es fascinante observar cómo se va materializando un pensamiento lleno de olores, sabores, sensaciones y recuerdos; nos motiva ver que sí se pueden preparar recetas más complejas de lo que usualmente uno prepara en casa de manera cotidiana, y a probar sabores distintos; nos abre la mente a ideas nuevas. Hubo una respuesta que me gustó muchísimo y que les comparto tal cual: 

“Yo, como glotón profesional, disfruto (y a veces sufro por no poder oler o probar) la posibilidad de ver y conocer platillos e ingredientes que, ya sea por cuestiones geográficas o culturales, nunca he conocido. Creo que esto mismo es un delicioso reto a la imaginación culinaria; te obliga a construir sabores y olores desconocidos en tu cabeza, es como empezar a tejer, entre lo que ves y lo que recuerdas porque ya conoces, una suerte de mapa olfativo y del sabor; además de que a mí, en lo personal, me abre la curiosidad para, en mi próxima visita (tristemente virtual, por cierto) al mercado, buscar o tener los ojos más abiertos para escoger e incorporar a mis compras nuevos y deliciosos ingredientes”.

C)  La generación de sentimientos

El proceso de la transformación tiene un gran poder emocional, como lo muestran estos comentarios que rescato para ustedes: 

“Los programas de cocina me tranquilizan. Cero contenidos violentos. Los cocineros comparten amorosamente sus experiencias culinarias. Me encanta ver cocinar, porque me inspiro, me siento acompañada y aprendo viendo!... Me emociona ver a los cocineros y cocineras. Sientes como si fueras a sentarte en su mesa y algunos hasta te invitan.

Me imagino que cocinar es como una coreografía, cada cosa pasa en su tiempo y forma, igual que si pintaras cada color y textura, y terminas con un platillo tan hermosamente montado”. 

“... Es una delicia ver todo el proceso y más el resultado ya emplatadito. La cocina-comida tiene también cierta "estética". Incluso hay un fenómeno de fotografiar los platillos que comes y compartirlos en Instagram. La cocina puede representar lo íntimo, quizá hasta lo familiar. El ejercicio de estar cocinando o ver a alguien cocinar pareciera un tipo de meditación. Yo, en particular, asocio la comida con la alegría, un buen platillo me pone de buen humor”. 

Porque nos gusta la idea de cocinar así —aunque nunca lo hagamos—. Las cocinas son ideales, hermosas y acogedoras, y los platillos exóticos me emocionan. Veo cuanto programa de cocina hay en la televisión, ya no por aprender sino por ver el ritual maravilloso que es hacer comida.

Y finalmente: ES DIVERTIDO.

En su libro Cocinar, una historia natural de la transformación, Michael Pollan reflexiona sobre lo que él llama ‘la paradoja culinaria’, refiriéndose a este fenómeno en donde entre menos cocinamos más vemos cocinar.

Dice que observar cómo cocinan otras personas no es algo nuevo entre los humanos; si hacemos  memoria, casi todos tenemos recuerdos reconfortantes de cuando nuestras madres, padres, abuelas cocinaban en casa y transformaban mágicamente cuatro ingredientes planos en algo mejor que la suma de sus partes.

En mi caso,  pocas cosas me han maravillado tanto como la transformación de una clara de huevo en un blanco merengue que no se cae del plato, aunque lo pongamos de cabeza. Punto de turrón, decía mi madre después de haber batido con fuerza, ritmo musical y un tenedor esa gelatinosa cosa, hasta dejarla irreconocible, espumosa y perfecta para que, después de su paso por el horno, conservara sus burbujitas cristalizadas, encerrando el aire y la dulzura de mi niñez.

Y de ahí el asombro y la admiración. Qué poder de atracción ejerce el cocinero con su  trabajo lleno de ritmo y texturas, “mucho más satisfactorio que la mayoría de las tareas abstractas que realizamos los demás en nuestros trabajos actuales. Los cocineros trabajan con materia viva, no solo con teclados y pantallas, sino con cosas fundamentales como plantas, animales y hongos. También trabajan con los elementos: el fuego, el agua, la tierra y el aire, y los utilizan —¡los dominan!— para realizar sus deliciosas alquimias. ¡Quién de nosotros desempeña un trabajo que le haga entablar un diálogo con el mundo material y que concluya (…) con un sentimiento de clausura tan delicioso y gratificante?”1.

Por tanto, puede que la razón de que nos guste ver programas de televisión y tutoriales tenga que ver con que, como afirma Claude Levi-Strauss, la cocina es el acto con el que comienza la cultura, un proceso que nos conmueve grandemente porque nos habla en la lengua más antigua de todas, la que va directo a la raíz de lo humano, el lugar en donde empezó todo… la boca.

Reedición de ‘Agua la Boca’ de septiembre de 2020.*

Referencias
1 Pollan, 2014, Cocinar, Una historia Natural de la Transformación. Debate. Penguin Random House Grupo Editorial, S.A. de C.V. México. 11-21.