INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

La niña de rojo

Quien me habló de ella no me habló de su rostro, de sus rasgos, uno no necesita de trazas  para encontrarle semblante a alguien.
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Pablo García Mandujano
La vimos. Era de lo único que se hablaba a la hora del recreo. Cada grupo de amigos se dirigía a su lugar de costumbre para contarse historias.

No sé quien me habló de ella. Toda la noche me la pasé imaginando el color de sus ropas.  La imaginé con vestido, la imaginé con pantaloncillo y suéter, la imaginé cayendo en  aquella bola de agua que todos dicen que escaló sin ser vista. Alguien tuvo que haber  escuchado sus gritos, alguien tuvo que pasar por ahí y escuchar el arañar de sus uñas  desesperadas.  

Quien me habló de ella no me habló de su rostro, de sus rasgos, uno no necesita de trazas  para encontrarle semblante a alguien, no sé quién nos habrá dotado de eso que llaman  imaginación, pero bastan pocas características para ensoñar el resto.  

Ya estaba sola la escuela cuando escuchamos a alguien gritar muy lejanamente. Nosotros  estábamos castigados por aventarles papelitos mojados con saliva a los demás y no terminar  la actividad de español. La maestra nos reprendió y nos obligó a terminarla.  

-Aquí nos podemos quedar todo el día jovencitos, hasta que terminen- dijo.  Estoy seguro que ella también los oyó pues sus ojos consternados miraron afuera.  -Continúen, no se distraigan.  

Salió con regla en mano dándole golpecitos a la otra, caminando serenamente, muy dueña  de sí, de sus manejos. Yo creo que si la vió por que cuando regresó palidecía. Caminó hacia  el escritorio con cierta tremulez, tomó un poco de agua de la botella que tenía en el  escritorio y se frotó los ojos como queriendo cerciorar nuevamente lo visto. 

Vimos pasar por el largo ventanal una cabecita, que al llegar al espacio dejado por la puerta  abierta se transformó en una silueta aniñada, de cabello largo hasta su cintura, no recuerdo  el color del cabello, pues mis ojos en completo pánico centraron su atención en el vestido  rojo. De pronto ya no la vimos, pero nos quedamos observando el espacio vacío que ella  había dejado. Un temeroso silencio se hizo en el salón, un olor a orines se adueñó del  ámbito. Todo seguía en ese silencio indecible, yo creo que el desagradable olor alejó la  impresión producida en la maestra pues volvió el rostro hacia nosotros. No preguntó quién  era el afectado, imagino como es natural, que en ese preciso instante no desechó la  posibilidad de que fuera ella la hacedora. Se levantó lentamente, como esperando ver en la  silla el líquido acuoso, derramado involuntariamente a causa del inmenso miedo que  también nosotros sentimos.  Todos los profesores sabían del tema, incluyendo a nuestra maestra, era el único tema  universal en la escuela y del cual todos hablábamos a diario. Los profesores optaban por no  pronunciarse sobre ese asunto con nosotros, sin embargo imagino que entre ellos sí  dialogaban acerca de esa novedad ya tan esparcida por el alumnado.  Nunca supe si la maestra habló de esto (que hoy relato a sabiendas de que será olvidado en  no sé cuantos mañanas) con alguien después de lo presenciado. Solo sé que salimos al  alivio de las calles (indecible sensación de sentirse a salvo en el despejado y agentado  exterior). Emilio caminaba frente a mí con el pantalón humedecido, la maestra se percató  de lo que yo avistaba y con el rostro aún pálido y él dedo índice golpeando levemente su  boca me instó a callar.  

Varias veces escuché decir a no sé cuántas mamás, que sus hijos se despertaban llorando  señalando un espacio invisible donde insistían que ahí se encontraba la niña de rojo.

 La mayoría no quería regresar a la escuela, sin fin de padres de familia decidieron cambiar de  escuela a sus hijos. Pocos continuamos aquí, tan pocos que es probable que pronto quede  abandonada.  

Pablo García Mandujano Pablo García Mandujano

Tengo 29 años y escribo desde los 13. He participado en concursos nacionales e internacionales en los géneros de novela, cuento y poesía. Mi entera educación ha sido realizada en la ciudad de Celaya, misma que interrumpí cursando la universidad con la firme idea de que era otro mi camino. Impulsado por los grandes autodidactas de la historia, me adentré en ese sistema.