Una tarde de circo, la salida de misa, un día de feria.
Un solo ingrediente, un millón de recuerdos.
Algodones de azúcar para entender la levedad, la alegría simple, el paso dulce de la vida, la fugacidad. La nada.
Azúcar hilada o hilos de caramelo se llamaron en el siglo XV, cuando, en Italia, el renacer de las artes alcanzó las cocinas de las cortes llenas de imaginación y abundancia, en donde los reposteros —maestros de lo dulce y el deleite—derritieron azúcar, estirándola en finas hebras que, al contacto con el aire, se rizaron como los cabellos dorados de una venus recién nacida.
El azúcar era cara en aquella época y solo los más ricos y nobles podían pagar la confección de estas filigranas de caramelo; por ejemplo, se cuenta que a Enrique III de Francia se le obsequió una bandeja de más de mil piezas diferentes de azúcar hilada en su viaje a Venecia, pero Enrique era un rey, el pueblo llano seguramente no tendría ni idea de la existencia de este dulce y así, por incosteable y minucioso, este artístico postre cayó en el olvido.
Pero no desapareció.
Cuatro siglos después, es decir, en el siglo XIX, surgió en Estados Unidos una máquina que lo regresaría en una nueva versión gracias a una de esas paradojas de la vida en la que contrincantes naturales —como se supondría son los dentistas y los confiteros— terminaron formando una amistad, en este caso, la más dulce y productiva de final de ese siglo de inventos y de producción en serie.
Resulta que un buen día a William James Morrison, un dentista de Nashville, Tennessee, acostumbrado a sacar muelas, tapar caries, matar nervios y perforar dientes, se le ocurrió (seguramente mientras giraba su taladro dental) que tanto giro podría darle un sentido mucho más dulce a su carrera y buscó a un amigo confitero, John C. Wharton (que probablemente le mandaba muchos clientes por ser especialista en las alegrías del azúcar), y entre ambos inventaron una máquina eléctrica para hacer algo tan mágico como los hilos de seda de las hadas o fairy floss, como bautizaron a esta pelusita rosa, azul o lila, que sigue más o menos este esquema:

En 1897, ambos pusieron manos a la obra y fabricaron la primera máquina eléctrica de caramelos que derretía el azúcar en una cámara central giratoria y con ayuda de aire pasaban el azúcar derretido por una rejilla de alambre hasta el cuenco metálico circundante, para producir ese caramelo que ahora adoramos.
La máquina y el caramelo que producía —llamado ‘Fairy Floss’ en aquella época— se presentaron por primera vez en América en la Feria Mundial de San Luis de 1904, extendida durante seis meses en los que el caramelo se vendió en cajas a 25 céntimos la unidad. Fue tal el éxito de su debut que Morrison y Wharton vendieron un total de 65.655 cajas; dejando a su vez un eterno legado en la historia.1
La quimera de una vida en rosa es en verdad una nube enorme y leve, más grande que nuestras desdichas, pues al tomarla con la boca, al querer poseerla, desaparecerá. Una ilusión, un espejismo, una gotita de miel pegajosa en la memoria; un beso efímero y fugaz; porque el algodón de azúcar no se come por hambre, ni siquiera por antojo (porque no sabe a nada). No tiene cuerpo, no pesa, no llena, no alimenta, o así pareciera, porque no es nada. Apenas un pensamiento feliz.
Referencia
1https://www.tapasmagazine.es/l... La insólita historia del dentista que inventó el algodón de azúcar por Laura Pérez. Septiembre 2024.
