INSTITUTO CULTURAL DE LEÓN

Los bufones

Mención honorífica de Premios de Literatura León 2026: Pasa a leer a Armando Ayala Herrera.
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Armando Ayala Herrera
La borrasca removía el silencio de la medianoche entre las huesudas ramas de los árboles, doblándolas como una estampida de caballos de guerra, alborotando los aullidos de una cacería salvaje. Perros de ojos negros merodean entre los callejones.

Espíritus antiguos despiertan extasiados al presagio de un cataclismo. Sus alas oscurecen las estrellas. —Las calles se ahogarán en carmesí— susurra una voz sin cuerpo y el viento redobla sus esfuerzos ¡La historia es una serie de acontecimientos violentos, teñidos de rojo con el tañido de campanas fúnebres! ¡La suerte está echada para los bufones!.

Los hierros se yerguen allá donde nos hundió la derrota y la rueda de la fortuna sigue girando. Repetimos: "y mañana, y mañana".

En algún lugar, un vagabundo camina por el bosque con dificultad. Se detiene cada pocos segundos atento a un sonido distante. Sus ropas se pierden entre plastas de lodo que se ha endurecido. Rendido por el cansancio, se sienta en un claro donde encuentra un fogón extinto y con soltura enciende una fogata.

La luz de las llamas rasga la oscuridad entre la espesa maleza y descubre una capilla abandonada. Entre los escombros, como un espectro terrible, la silueta de una mujer. A pesar de un saludo, no sale de su escondite. Asoma su cabeza despacio al tiempo que una ráfaga de viento atiza el fuego y la lumbre viva los hace humanos a ambos.

Tras sus cabellos largos, la mujer esconde un rostro con extensas quemaduras. La pierna del hombre porta un agujero sangrante imposible de ocultar.

—¿Puedes curarme? —preguntó el hombre—. Tengo comida.

Suspiran al comprender que el otro no representa una amenaza y se sientan al calor de la hoguera. La mujer limpia la herida y la cubre con un mejunje de pastas con olor a hierbas silvestres.

—Parece que nadie viene a esta iglesia —el hombre conversa—. ¿Por qué estabas tocando las campanas hace un momento?.

—Aquí no queda ninguna campana —contestó la mujer, esforzadamente.

Ella señala una torre derrumbada en la capilla. La estructura había cedido hace mucho. Por un lado, sepultada entre tierra y hierbas secas, está una campana fracturada y cubierta de óxido. Los dos callan. El crepitar de la fogata es el único sonido que llena la noche y el humo sube por un hilo fino hacia el firmamento limpio y oscuro.

Un soplo de viento sacude las huesudas ramas en las copas de los árboles y se lleva consigo un par de hojas muertas.


Armando Ayala Herrera (1995). Físico de formación, ha explorado la escritura en distintos formatos, desde poesía y relato hasta proyectos vinculados al juego de rol, el audiovisual y crítica en medios digitales. Su trabajo se sitúa entre la ciencia, la ficción y la reflexión social.

Instagram: @ne.uro.man.cer

Armando Ayala Herrera Armando Ayala Herrera

Físico de formación, ha explorado la escritura en distintos formatos, desde poesía y relato hasta proyectos vinculados al juego de rol, el audiovisual y crítica en medios digitales. Su trabajo se sitúa entre la ciencia, la ficción y la reflexión social.