En las teorías del diseño, se le clasifica como un color primario y frío; en la psicología, a sus tonos claros se les asocia con la paz y la tranquilidad por estar ligados con la experiencia que genera mirar el cielo o los cuerpos de agua; en la cultura popular cientos de cantautores y poetas han utilizado este color para describir una emoción de melancolía y tristeza —incluso se ha nombrado blue monday el supuesto día más triste del año—. La coincidencia parece estar en que todo ello contiene un adjetivo: el de inmensidad.
Se extiende por doquier, es omnipresente. No solo porque el firmamento está pintado de su armonía o porque los océanos recorren cada uno de los continentes, sino porque se halla por doquier, convertido en millones de objetos, en ambientes diversos.
Toma vida en automóviles, camisas, en las flores que mañana tendrán sus pétalos secos y mutarán su color. El azul vívido en el que se torna el agua de las bolsitas de plástico que contienen los peces a la venta en el tianguis. El tono común de las luces en los escenarios de los conciertos y en las que ambientan ese sitio que promueve el arte independiente. Incluso está en el color de la cúpula de la capilla de Catedral.
Es omnipresente. No importa el momento o el lugar, verás o sentirás el azul, porque hay colores que simplemente vemos y otros que, de alguna manera, también nos habitan por momentos, inmensamente.

Foto: Diana Graciela Pantoja Oliva (@diana_u235)

Foto: Esaúl Córdova (@yosoypsiconauta)

Foto: Esther Stevlana Velázquez (@vecccks)

Foto: Karen Méndez (@bykary_smatica)

Foto: Mariana Esparza Désiga (@mariana.desiga)

Foto: Mariel Bermúdez A. (@droid.dero2)

Foto: Natalia González (@gigi.nats)

Foto: Natalia González (@gigi.nats)

Foto: Viviana Yaralit Gómez Morales (@yaralitmorales)