Su presencia es solicitada en el cielo al aparecer y despedirse la luz. Las formas y sus tonos son irrepetibles de un día a otro, de la mañana a la tarde. Se dice que el impulso por tomar fotografías de estos momentos brota del impulso por guardar aquello que es efímero.
Color que contiene el fuego, el calor, el hogar; palabra del bajo latín hispánico «focaris» derivado del latín «focus» que significa fuego. Hogar que se fragmenta en las flores y los frutos de octubre, en la flora silvestre, en las mariposas, en los muros coloniales, paredes pintadas de naranja, quizá ya desgastadas, quizá en la fachada del templo o en las luces que la iluminan de noche.
Es el folclor y la estridencia de las cartulinas en los mercados que anuncian las ofertas del día o el precio que no baja desde hace semanas, el grafiti que la población no entiende, los rótulos en los negocios del barrio o el letrero neón en la cantina.
En pintura que se desgasta, en naturaleza, en letreros sobre cartón. Pareciera ser un color que capturamos en la ciudad cuando tenemos el conocimiento de que al día siguiente podría no estar o no de la misma manera. Buscamos que la calidez permanezca, congelar la belleza de lo transitorio.

Foto: Adriana Ponce

Foto: Axel Sotelo (@axel_sotelooprz)

Foto: Carlos Orozco (@carlosorozcofoto)

Foto: Esther Stevlana Velázquez (@vecccks)

Foto: Fernando Alvarado Herrera (@rxph.jpg)

Foto: Karen Zúñiga (@karn_zu)

Foto: Karen Zúñiga (@karn_zu)

Foto: María José Meléndez (@mj_mendoza17)

Foto: María Balderas y Christian Suárez