Podrás venir de compras, a trabajar o solo a dejar escurrir el tiempo, pero indistintamente la razón, cuando vienes al Centro, algo habrás de comer. Comer acá es una tarea que requiere de todos los sentidos: olores, texturas, colores y sabores que te lanzan a una aventura donde la sazón se guisa con la historia de esta ciudad.
En un carrito de acero inoxidable o tras el comal, en hipsters restaurantes gentrificados o al calor de una tradicional fonda, en cajitas felices o comidas corridas; la cocina que te vas a encontrar aquí satisface igual al insaciable garnachero como al de mesurado paladar. Acompáñame por estas líneas manchadas de salsa, grasa y morusas, vamos a comer en el Centro.
Mientras la ciudad despierta y el rojizo sol amodorrado colorea las calles, la calle Hidalgo ya ofrece opciones para matar el primer antojo del día. El picante olor de un local de quesadillas hace venciditas con el denso vapor que transpira desde la olla de tamales, entre estos dos caminos, tomo el que me dirige a la esquina de Hidalgo y Álvaro Obregón, y empiezo el día con las esponjosas calorías de un tamal relleno de carne de puerco en salsa roja, sin atole, perdonen la afrenta, no soy fan.
La mañana avanza y el hambre arrecia. Ahora sí, un almuerzo en toda forma. Las memorias de una infancia bien leonesa me llevan a la Plaza Fundadores, ahí en el Portal Hidalgo se encuentra una cocina muy tradicional; Del Portal es un lugar familiar que desde 1984 decora sus paredes con recuerdos taurinos de muchas épocas, y mientras esos ídolos en trajes de luces te observan desde su marco de madera, de la cocina se escapan guisos y platillos bien servidos. Y hablando ya de lo importante, mi decisión es prudente pero infalible: chilaquiles, huevo y prensado.
Luego de caminar entre negocios alrededor de la Fuente de los Leones, el reloj rebasa el medio día y llega el antojo de un café. Me cambio de plaza, allá donde murieron los mártires del 2 de enero se encuentran algunos de los negocios más tradicionales de la ciudad, como la dulcería Olimpia o La Cebadina, además los locales usurpados de lo que fue Chispas o Nano’s, entre muchos otros que ya se olvidaron. Cruzo el quiosco y me apaño un lugar en el Italian Coffee del Portal Bravo. Ahí en esa mesa que le roba un pedacito a la Plaza Principal observo el ir y venir de las prisas de la gente y me hago uno más de esos que leen el periódico con la pausa merecida, que están ahí sin motivo, no esperan una cita, no miran el reloj, pensando, imaginando, ocupantes de tiempos vivos, de esos para los que ya nunca tenemos tiempo.
La hora de la comida arroja otro puñado de opciones: fritangas, tacos, hamburguesas, pizzas, teriyakis y tepanyakis, baguettes o ensaladas. Pero como bien dicen que ninguna buena historia comenzó con un vaso de agua, le doy rumbo a mis pasos hacia la calle Madero, dejo atrás la zona peatonal y sigo, al llegar al Expiatorio giro a la derecha y en la esquina con 5 de febrero me cambio de acera para meterme a una de las pocas cantinas tradicionales que le quedan al primer cuadro de la ciudad.
El Báltico es una referencia en la “botana” de León, aunque decir botana es quedarse corto, porque con las papas, calditos, burritos, chuletas y fruta, tienes toda una comida completa de la que puedes repetir. Entre cerveza y bocado, con la tenue luz de este lugar de esencia marinera, uno ya no quiere dejar altamar para regresar a tierra firme, pero el día sigue y no hay que excederse.
Un letargo ataca a la media tarde, el sueño pesa igual que el estómago satisfecho, afortunadamente, en León tenemos un remedio tradicional y de confianza. Regreso a la Plaza Principal y en el Portal Guerrero me dirijo a esas barricas que esconden el sabor de la jamaica, el tamarindo y la cebada que con un empujón de bicarbonato se convierte en un refresco artesanal que de golpe y sin hacer gestos te hará sentir mejor.
El sol ya se esconde, el atardecer manda a las palomas a dormir y antes del cierre dorado de esta glotona experiencia, nos hace falta un postre que consuele al paladar. Uno de mis lugares favoritos para el antojo de estas horas se encuentra ahí a unos pasos de La Cebadina, Santa Clara y su cremoso helado de fresa.
Para la hora de la cena, de nuevo las opciones se nos escapan de las manos: bares, restaurantes, cenadurías o improvisados puestitos se encargan de seducir a la vista y al olfato. Desde la experiencia, puedo afirmar que andando en la calle no hay opción mejor que cenar unos tacos, y entre la basta variedad que se van a topar por aquí, les recomiendo los tradicionales tacos de tripa del Expiatorio, que con miedo a la polémica puedo decir que no son los mejores de la ciudad, pero sí de la zona, además que son cumplidores y muy sabrosos.
La noche llega y la panza está llena, entre comida y antojo recorrimos el corazón histórico de una ciudad que siempre ha cuidado el apetito de su gente. Aquí se concentra una oferta gastronómica rica y variada, gustos aparte, andando en el Centro nadie se queda con hambre.